Cada vez que el Real Madrid gana algo, decenas de miles de aficionados acuden a la plaza de Cibeles a abrazarse a una diosa cuyos sacerdotes se castraban en público con una piedra afilada, en memoria de Atis, el muchacho que a su vez se mutiló por esa misma diosa. La señora Cibeles lleva ahí plantada nada más y nada menos que dos siglos y medio, sin que la mayoría sepa su historia, que, por cierto, es mucho más antigua.
¿Quién era la diosa Cibeles?
Cibeles no nació en Madrid ni en Roma. Venía de Frigia, una región de Anatolia (en la actual Turquía), y su centro de culto era Pesinunte, una ciudad de comerciantes levantada al pie de una montaña. Los griegos la identificaron con Rea, la madre de Zeus, y los romanos la adoptaron después.
Aquella diosa, además, no tenía cara. En Pesinunte se adoraba una piedra negra sin labrar, seguramente un meteorito. A Roma llegó así, como un pedrusco, en el año 204 a. C., y los romanos la trajeron empujados por el miedo. Así, como lo leéis. En plena Segunda Guerra Púnica, con el general cartaginés Aníbal paseándose por Italia, los Libros Sibilinos, la colección de oráculos que el Estado guardaba bajo llave y consultaba en las emergencias, prometieron la victoria si la Gran Madre, Cibeles, venía a la ciudad. Y no valía una representación cualquiera de la diosa: el oráculo hablaba de aquella piedra concreta.
El viaje tampoco fue sencillo. La nave que la traía encalló en el Tíber, y cuenta la tradición que la matrona Claudia Quinta la desencalló ella sola, tirando de la maroma.
Ya en la ciudad, Roma la llamó Magna Mater, la Gran Madre: madre de los dioses, de los hombres y de todo lo que crece. En una ciudad que acababa de encomendarse a ella para librarse de las huestes de Aníbal, aquel nombre casi parecía una súplica, la de unos niños que necesitaban refugiarse en las faldas de su madre.
Pero con la piedra llegaron también sus sacerdotes frigios. La diosa tenía que ser atendida como en su montaña, so pena de desatar su ira, y como ningún romano conocía aquellos ritos, la única manera de tener el culto era traerlo entero, con su personal incluido. Ahí empezó el problema, pues os aseguro que no eran demasiado discretos. Para entender por qué hacían lo que hacían, hay que empezar por su mito.
El mito de Atis y Cibeles: una almendra, un pino y una piedra afilada
Del mito de Atis hay dos versiones principales. La frigia es la más antigua y la más rara, y llega hasta nosotros a través del historiador griego Pausanias, que recorrió Grecia en el siglo II d. C. recogiendo lo que le contaban en cada santuario, y del escritor Arnobio, un norteafricano convertido al cristianismo que hacia el año 300 se dedicó a desmontar los cultos paganos.
Según Arnobio, todo empieza en una roca frigia llamada Agdos (¿quién dijo que no se le puede poner nombre a una piedra?), sobre la que dormía la Gran Madre. Zeus la deseó (¿y a quién no deseó el fogoso de Zeus?), forcejeó con ella y, incapaz de poseerla, acabó derramándose sobre la piedra. Y sí, si la diosa era Rea, Zeus estaba intentando forzar a su propia madre. Arnobio se lo reprocha con escándalo: ¿no le bastaban «vírgenes y matronas sin número», que tenía que satisfacer su detestable pasión con ella?
De aquel semen nace Agdistis, un ser con los dos sexos a la vez y de una fuerza tan fabulosa que ni los propios dioses se atrevían a plantarle cara, al menos de frente. Así que lo engañan. El dios Dioniso echa vino en la fuente donde bebe Agdistis y espera a que la borrachera lo tumbe. Mientras duerme, le ata con una soga de crines un pie a los genitales masculinos, de modo que al despertar y levantarse de golpe es Agdistis, con su desmedida fuerza, quien se arranca lo que la soga sujeta. Amputado lo masculino, lo que queda es una diosa.
Una aclaración, pues aquí los nombres de Cibeles y Agdistis pueden resultar confusos. En el relato, Agdistis es una criatura aparte, nacida de la piedra; en el santuario de Pesinunte, en cambio, las dos acabaron fundiéndose, hasta el punto de que Agdistis era el nombre con el que allí llamaban a la propia Cibeles, según recoge el geógrafo griego Estrabón.
De los genitales arrancados de Agdistis brota un árbol, un almendro según Pausanias y un granado según Arnobio. Nana, hija del dios-río Sangario, coge uno de sus frutos, se lo guarda en el regazo y el fruto desaparece. Nana queda embarazada y da a luz a Atis. Cuando el muchacho crece, Agdistis se enamora de él.
Repasad la genealogía despacio. Zeus intenta violar a su madre sobre una piedra; de la piedra sale un ser andrógino; del andrógino mutilado, un árbol; del árbol, una fruta; y de la fruta, un muchacho del que acaba enamorándose Agdistis, es decir, su cuasi abuela. Ni al más delirante guionista de telenovelas se le habría ocurrido algo así.
Años más tarde, cuando Atis está a punto de casarse en Pesinunte con la hija del rey (Midas, según Arnobio; sí, ese rey Midas), Agdistis se presenta en la boda y, loca de celos, contagia su locura a los invitados. Atis huye en pleno frenesí y, bajo un pino, el árbol que acabará siendo el emblema del culto, se corta los genitales y se desangra.
Agdistis, arrepentida, suplica a Zeus que lo devuelva a la vida, pero Zeus solo se lo concede parcialmente. Según Pausanias, Zeus hace que el cuerpo no se corrompa; según Arnobio, además, que el pelo le siga creciendo y que el dedo meñique se le mueva para siempre. De su sangre, cuenta Arnobio, brotan las violetas.
La versión romana, la que escribió el poeta Ovidio en los «Fastos», su poema sobre el calendario de Roma, es mucho más puritana. Borra toda la genealogía frigia: no hay almendra, ni Agdistis, ni parentesco alguno con Zeus. Su Atis es un hermoso muchacho frigio que jura a Cibeles fidelidad casta y rompe la promesa acostándose con la ninfa Sagaritis. La diosa mata a la ninfa y castiga al muchacho con visiones. Creyéndose perseguido por las Furias, Atis se lacera el cuerpo con una piedra afilada y grita: «¡Lo merecí! Pago con mi sangre la pena merecida. ¡Ah, que perezcan las partes que me hicieron daño!». Y se castra.
Donde había un andrógino mutilado y enamorado, Ovidio deja a un joven atractivo que le pone los cuernos a una diosa y lo paga caro. Sexo, culpa y castigo; lo hemos visto mil veces. Pero lo que hace único a este mito, y aquello en lo que confluyen todas las versiones, es la castración.
Catulo, el poema del día después
Más de medio siglo antes que Ovidio, el poeta Catulo había escrito el texto latino más antiguo que conservamos sobre el asunto, su poema 63, y también el más perturbador, porque es el único que cuenta qué sucede después de la castración. Un muchacho llamado Atis cruza el mar hasta Frigia y se mutila en pleno arrebato. Al día siguiente despierta sereno, y con la calma le llega el arrepentimiento: mira el mar hacia la patria que ha perdido y llora lo que se ha hecho. La diferencia aquí es que en Pausanias, en Arnobio y en Ovidio, tras la mutilación solo hay muerte o metamorfosis.
Cibeles, que oye el lamento desde su carro, suelta a uno de los leones que tiran de él y lo azuza contra el fugitivo para devolverlo al monte y a su servicio.
Catulo cuenta, además, el cambio de sexo del propio Atis, que con el corte se ha convertido en uno de los galli, los sacerdotes de Cibeles. Desde el verso del corte, el poema empieza a declinarlo en femenino, aunque no siempre, y en su lamento el propio Atis ya no sabe lo que es:
«¿Me llamarán ahora sierva de los dioses y esclava de Cibeles? ¿Seré yo una ménade, un pedazo de mí, un hombre estéril?»
— Catulo, «Carmen» 63
Y aquí está el quid de la cuestión, porque el mito era la justificación de un rito. Los sacerdotes de Cibeles se castraban porque Atis se había castrado, y lo repetían cada primavera: en marzo se castraban los novicios que ingresaban ese año, mientras los ya mutilados se laceraban los brazos. El cuerpo divino se rehacía así con carne nueva, con la misma piedra y en la misma fecha.
El Día de la Sangre: el 24 de marzo en Roma
En Roma, esa fecha era el 24 de marzo, el Dies Sanguinis o Día de la Sangre, la cima de unas fiestas que en época imperial ocupaban la segunda quincena del mes y subían de tono día a día, como una cuesta. Dos días antes entraba en el templo un pino cortado, envuelto en vendas de lana como un cadáver amortajado y decorado con violetas: era el pino de Atis, y entraba a su funeral. Y al día siguiente, el 25, que para el calendario romano era el equinoccio de primavera, se celebraban las Hilaria, con el luto prohibido y la ciudad entregada a la alegría.
El 24, los sacerdotes danzaban al son de las tibiae, unas flautas dobles, de los platillos y de los tympana, unos panderos de mano, hasta entrar en trance, y se laceraban los brazos para salpicar con su sangre el altar y el pino. Entonces los novicios cumplían el voto definitivo, la eviratio, y se cortaban los genitales con un pedazo de sílex.
En la ciudad de las legiones y de las fraguas, en la capital del hierro, el momento decisivo del rito tenía prohibido el metal. Ni bronce ni hierro: un trozo afilado de sílex o de cerámica rota. Aquella liturgia era, seguramente, mucho más antigua que Roma, y cambiar la piedra por una hoja habría mancillado el rito. De cualquier modo, como veis, se trata de una ceremonia de lo más delirante.
De lo que venía después no queda un relato romano, pero sí el de un rito hermano. El escritor Luciano de Samósata cuenta que en el santuario de la diosa siria de Hierápolis el recién mutilado echaba a correr por la ciudad con lo cortado en la mano, lo arrojaba dentro de la casa que se le antojaba y de esa casa recibía ropa de mujer y adornos femeninos.
Lo que Roma no quiso: los galli y el Archigallus
El Senado solo quería el meteorito y la profecía, pero se tuvo que llevar también a los galli, los sacerdotes eunucos que recorrían las calles con túnicas de colores y el pelo largo y perfumado, pidiendo limosna al son de los tambores. Un ciudadano criado en una religión de magistrados y calendarios veía en ellos todo lo que la virtus no era, y la virtus era el ideal romano de hombría: contención, servicio público y aguante. La misma ciudad que había convertido a la matrona Lucrecia en el modelo de la virtud ciudadana no podía dar por buenos a unos sacerdotes que bailaban descalzos pidiendo monedas.
La respuesta legal fue tajante. Ningún ciudadano romano podía vestir como los galli, mendigar a su manera ni celebrar los ritos frigios. Así lo dejó escrito el historiador griego Dionisio de Halicarnaso, que vivió en Roma en tiempos de Augusto:
Por ley y decreto del Senado, ningún romano de nacimiento recorre la ciudad en procesión con túnicas de colores, ni pide limosna, ni se hace acompañar de flautistas, ni celebra los ritos frigios en honor de la diosa.
— Dionisio de Halicarnaso, «Antigüedades Romanas» II.19.5
De modo que el sacerdocio sangrante quedó reservado a extranjeros. Roma tenía su diosa, su templo y quien lo atendiera, siempre que ese quien no fuera romano, y observaba desde el otro lado el culto que tanto se había esforzado en importar.
No tardó, no obstante, en aparecer un hipócrita apaño. En tiempos del emperador Claudio, a mediados del siglo I d. C., se creó el cargo de Archigallus, sumo sacerdote del culto, reservado esta vez a ciudadanos romanos de pleno derecho que, por lo que todo apunta, no se castraban. Alguien tenía que administrar el templo de la diosa sin mancharse, y ese alguien conservaba todos los atributos del culto, el tocado ornamentado, el látigo y la caja de los objetos sagrados y, a diferencia de sus subordinados, también los genitales.
La castración, que es lo que de verdad importa, ni siquiera aparecía en la ley que recoge Dionisio. La prohibió expresamente, a finales de ese mismo siglo, el emperador Domiciano.
¿Qué significa el mito de Atis?
Durante siglos, nadie se puso de acuerdo sobre qué significaba aquella piedra afilada.
Los paganos cultos del Imperio tardío tenían un problema: defender ante los cristianos un culto que castraba gente en la vía pública. Y como explicación, tal vez como inexcusable justificación, lo relacionaron con las cosechas. Atis era el grano; la diosa Cibeles, la tierra; y el corte, la castración, la siega. Lo recogió, aunque fuera para ridiculizarlo, Julio Fírmico Materno, un astrólogo pagano convertido al cristianismo que hacia el año 347 escribió el primer texto conocido que pedía a los emperadores la abolición de los cultos antiguos:
La tierra, dicen, ama sus frutos; Atis es eso mismo que brota de ellos; y el castigo que sufrió es lo que el segador hace con la hoz a la mies madura.
— Fírmico Materno, «De errore profanarum religionum» III
El emperador Juliano, el último pagano que se sentó en el trono romano, lo convirtió en filosofía. En su discurso «Himno a la Madre de los Dioses» explicó que cortarse significaba poner freno a todo lo que se desborda: los dioses, escribió, nos avisan así de que arranquemos de nosotros todo desenfreno y ascendamos así hacia lo que tiene forma y medida. Un muchacho desangrándose bajo un pino, convertido en un ejercicio espiritual.
Y luego estaban los cristianos. Para ellos, el dios de aquel culto moría, se le lloraba durante días y volvía a la vida en el equinoccio de primavera, entre la alegría general. ¿Os suena de algo? Su explicación del parecido con la Pascua fue que el demonio había plagiado por adelantado, montando una parodia de la resurrección antes de que la resurrección ocurriera.
Sin embargo, esa resurrección de Atis la cuenta casi en exclusiva Fírmico. Ninguna fuente anterior a mediados del siglo IV dice que Atis volviera a la vida: las Hilaria eran una fiesta de alegría, y en el mito frigio Zeus se niega a resucitarlo. Para sostener el plagio había que empezar admitiendo que el parecido existía, y para que existiera, alguien tuvo que describir la fiesta pagana con vocabulario cristiano.
A partir de 1890, la explicación de las cosechas volvió con bibliografía. El antropólogo escocés James Frazer sostuvo en su ensayo «La rama dorada» que casi todas las religiones antiguas habían contado la misma historia: un dios joven que muere y vuelve, año tras año, al compás de la semilla que se entierra en otoño y brota en primavera. Atis entraba en ese cajón junto a Osiris, Tammuz y Adonis. A Cristo no lo metió de forma explícita en la lista, pero comparó su Pascua con las fiestas romanas de Atis y dejó el resto abierto a la interpretación del lector. Era, mil quinientos años después, la misma explicación que los paganos le habían dado a Fírmico.
La idea dominó los manuales de historia de las religiones durante casi un siglo, aunque los historiadores empezaron a desmontarla en los años treinta. El golpe más serio se lo dio el historiador de las religiones estadounidense Jonathan Z. Smith, en un artículo de 1987 para la «Encyclopedia of Religion». Fue dios por dios en vez de mirar el conjunto, y comprobó que algunos desaparecen y regresan sin llegar a morir, y que otros mueren y no vuelven jamás. Ninguno hace las dos cosas de forma inequívoca.
¿Y qué queda entonces? La lectura que hoy manejan los especialistas del culto, como el historiador de las religiones suizo Philippe Borgeaud o la arqueóloga estadounidense Lynn Roller, es bastante menos ambiciosa y bastante más terrenal. El mito de Atis no explica el trigo ni promete otra vida: explica a los sacerdotes. Es la historia que justifica por qué unos hombres se cortaban los genitales cada marzo. Todo lo demás, la siega, la escala del alma o la resurrección, se lo fueron poniendo quienes llegaron después.
El arte solo se atrevió con el «después del tajo»
Las lecturas se fueron acumulando, y las imágenes, entretanto, esquivaron siempre el mismo instante. De la castración no ha llegado hasta nosotros ni una sola imagen antigua. Lo que se conserva es siempre el momento posterior: el muchacho ya lánguido, ya mutilado.
En 1867, el arqueólogo Carlo Ludovico Visconti desenterró en el santuario de Atis de Ostia Antica, el puerto de Roma, una escultura de mármol de más de metro y medio de largo, de autoría anónima y época adrianea. Atis aparece reclinado sobre un busto barbado, quizá la personificación del Galo, el río frigio junto al que, según algunas tradiciones, murió Atis, en esa postura ambigua que lo mismo sirve para un banquete que para una agonía. El original se conserva en los Museos Vaticanos; en el yacimiento se expone un vaciado de yeso.

Más de dos siglos después, la pareja divina viajaba ya en la vajilla de lujo de la aristocracia tardorromana. La patera de Parabiago, un disco de plata sobredorada de treinta y nueve centímetros y autoría anónima, desenterrado en 1907 en esa localidad cercana a Milán, levanta en relieve a Cibeles y a Atis sobre un carro tirado por cuatro leones, rodeados por los Coribantes, los danzantes armados del séquito de la diosa, y por el Zodíaco, el Sol y la Luna. El culto de la sangre y el sílex, batido en plata para alumbrar una sobremesa.

El culto se extinguió a finales de ese mismo siglo, cuando el cristianismo prohibió los dioses antiguos, y nadie sabe dónde acabó la piedra negra de Pesinunte. Más de mil años después, el pintor Andrea Mantegna pintó para el noble veneciano Francesco Cornaro «La introducción del culto de Cibeles en Roma» (1505-1506), un lienzo alargado en grisalla, en gamas de gris: una pintura que finge ser mármol para contar la llegada de una diosa que no era más que un pedrusco negro. La mujer que se arrodilla ante la comitiva podría ser Claudia Quinta, la matrona de la maroma.

De todo aquello sobrevivió también la música (¡inmortal música!), aunque en el escenario tampoco hubo piedra. En 1676, el compositor Jean-Baptiste Lully estrenó la ópera «Atys», conocida como «la ópera del Rey» por ser la preferida de Luis XIV, en la que la diosa acaba convirtiendo a Atis en pino. Un siglo más tarde, en 1780, el compositor italiano Niccolò Piccinni volvió al mismo asunto para la Ópera de París con un Atis que se suicida en escena. Mucha cuerda y mucho verso, pero de la piedra afilada, ni rastro.
En este vídeo, del canal oficial de Les Arts Florissants, puede verse «Dormons tous», la escena del sueño de «Atys» de Lully.
¿Qué representa la fuente de Cibeles?
Y sobrevivió también la diosa, en un sitio que conocen todos los madrileños. La fuente la encargó el rey Carlos III al arquitecto Ventura Rodríguez dentro de la reforma ilustrada del Salón del Prado (hoy, el paseo del Prado), con la idea de enfrentar a Cibeles con Neptuno y colocar a Apolo entre ambos. Se eligió a Cibeles por ser la diosa de la tierra y de la fertilidad, y se la sentó en un carro tirado por leones, igual que en la patera de plata que había decorado las sobremesas del Imperio unos catorce siglos antes.

Esos leones tienen nombre. Son Atalanta e Hipómenes, los amantes que, según cuenta Ovidio en su gran poema de transformaciones, las «Metamorfosis», profanaron el templo de la diosa y fueron condenados a tirar de su carro para siempre. La escultura que hemos visto mil veces, con su corona de torres y sus leones a los pies, es también un retrato de quienes la ofendieron.
A decir verdad, la costumbre de subirse a ella ni siquiera la empezó el Real Madrid. Los primeros en trepar por aquel mármol, para celebrar la Recopa de Europa de la temporada 1961/62, fueron los aficionados del Atlético de Madrid. Los del Real Madrid copiaron la idea después, y durante los años setenta y ochenta la diosa vio celebrar a los dos equipos, hasta que a mediados de los ochenta se la quedó uno solo y el Atlético se llevó sus celebraciones a Neptuno, dos fuentes más allá.
Cada cierto tiempo, miles de personas se agolpan a sus pies envueltas en la bandera de su equipo, le cantan, y alguien le pone la bufanda al cuello. De los galli no se acuerda nadie, ni de la piedra, ni de lo que hacían en su nombre cada 24 de marzo.
Fuentes y para saber más
- Catulo, Carmina 63 (Attis).
- Ovidio, Fastos, Libro IV (vv. 179-372).
- Estrabón, Geografía XII.5.3, sobre Pesinunte y el nombre de Agdistis.
- Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades Romanas II.19; Tito Livio, Ab Urbe Condita 29.10-14.
- Pausanias VII.17.10-12; Arnobio, Adversus Nationes V.5-7; Luciano de Samósata, Sobre la diosa siria 51.
- Juliano, Himno a la Madre de los Dioses (Discurso V), c. 362.
- Julio Fírmico Materno, De errore profanarum religionum (c. 346-350), cap. III.
- James G. Frazer, La rama dorada (1890), el ensayo que metió a Atis en la categoría de «dios que muere y resucita», hoy cuestionada.
- M. J. Vermaseren, Cybele and Attis: The Myth and the Cult (1977), la monografía académica de referencia sobre el culto.
- Roger Pearse, «The Hilaria and the resurrection of Attis», sobre lo poco que sostiene la resurrección de Atis.
- Ficha del santuario de Atis en Ostia-Antica.org y del Mantegna en The National Gallery.
- Jean-Baptiste Lully, «Atys», escena «Dormons tous», por Les Arts Florissants (vídeo de su canal oficial en YouTube).
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