Cada vez que el Real Madrid gana algo, decenas de miles de aficionados acuden a la fuente de la plaza de Cibeles a abrazarse a una diosa cuyos sacerdotes se castraban en público con una piedra afilada. Esa señora del carro y los leones lleva ahí arriba dos siglos y medio sin que nadie le pregunte de dónde viene.

A decir verdad, ni siquiera fueron los aficionados del Madrid quienes iniciaron la tradición. Los primeros en trepar por aquel mármol para celebrar la Recopa de Europa de la temporada 1961/62 fueron los aficionados del Atlético de Madrid. Los del Real Madrid copiaron la idea después, y durante los años setenta y ochenta la diosa vio celebrar a los dos equipos, hasta que a mediados de los ochenta se la quedó uno solo y el Atlético, para evitarse los encontronazos con la afición blanca, bajó sus celebraciones a Neptuno, dos fuentes más allá. Pero no nos desviemos del asunto…

La diosa era una piedra, y venía de una montaña

Cibeles no nació en Madrid ni en Roma. Venía de Frigia, una región de Anatolia (en la actual Turquía), y su centro de culto era la ciudad de Pesinunte, un emporio comercial levantado al pie de una montaña.

Aquella diosa, además, no tenía cara. En Pesinunte no se adoraba una estatua, sino una piedra negra sin labrar, seguramente un meteorito. A Roma llegó así, como un pedrusco, en el año 204 a. C. y los romanos la trajeron impulsados por el miedo. Así, como lo leéis. En plena Segunda Guerra Púnica, con el general cartaginés Aníbal paseándose por Italia, los Libros Sibilinos, la colección de oráculos que el Estado guardaba bajo llave y consultaba en las emergencias, prometieron la victoria si la Gran Madre (Cibeles), la diosa de la tierra y de la fertilidad, venía a la ciudad. Por eso hubo que ir a buscarla a Pesinunte: el oráculo no hablaba de una diosa cualquiera, sino de aquella representación concreta en forma de piedra y el culto no se podía fundar de cero en Roma. El Senado mandó una embajada a buscarla, aunque aquel periplo no estuvo exento de inconvenientes. La nave que la traía encalló en el Tíber, y cuenta la tradición que fue la matrona Claudia Quinta quien la desencalló ella sola, tirando de la maroma, demostrando de paso que las murmuraciones sobre su castidad eran mentira. Aquel episodio, que daría por sí solo para otro artículo, acabó convirtiéndola en uno de los modelos de virtud femenina de la Roma antigua. El joven patricio Publio Cornelio Escipión Nasica, a quien el Senado había declarado el mejor hombre de Roma para la ocasión, recibió oficialmente a la diosa el 4 de abril del 204 a. C.

Roma la llamó Magna Mater, la Gran Madre, y en Grecia era conocida como Cibeles: madre de los dioses, de los hombres y de todo lo que crece. En una ciudad que acababa de encomendarse a la diosa para ser salvada de las huestes de Aníbal, aquel nombre casi parecía una súplica: niños que necesitaban refugiarse en las faldas de su madre. Se decidió instalarla provisionalmente en el templo de la Victoria mientras se levantaba el suyo propio. Tardó trece años: el templo del Palatino no se dedicó a la diosa hasta mediados de abril del 191 a. C.

Pero lo más interesante empieza ahora. Con la piedra llegaron también los sacerdotes frigios. Los oráculos prometían la victoria a cambio de que la diosa fuera atendida como se la atendía en su montaña, en Anatolia, y un rito celebrado incorrectamente podía desatar la ira de los dioses. Ningún romano conocía los pormenores de aquellos ritos, porque nada en la religión de Roma se le parecía, así que la única manera de tener el culto era traerlo entero, con su personal (los sacerdotes) incluido. Ahí empieza el problema, pues aseguro que no eran demasiado discretos. Pero para entenderlo, empecemos por el principio.

El mito de Atis: una almendra, un pino y una piedra afilada

Del mito de Atis hay dos versiones. La frigia es la más antigua y la más rara. Llega hasta nosotros a través del historiador griego Pausanias, que recorrió Grecia en el siglo II recogiendo lo que le contaban en cada santuario, y a través del escritor Arnobio, un norteafricano de finales del siglo III y comienzos del IV, convertido al cristianismo, que se dedicó a desmontar los cultos paganos. La versión de Arnobio arranca en una roca frigia llamada Agdos (¿quién dijo que no se le puede poner nombre a una piedra?), sobre la que dormía Cibeles. Zeus la deseó (¿y a quién no deseó el fogoso de Zeus?), forcejeó con ella y, incapaz de poseerla, acabó derramándose sobre la piedra. Y sí, en realidad Cibeles era su propia madre (no en vano los griegos la identificarían con Rea), algo que Arnobio condena:

«Tras despojar de su castidad a vírgenes y matronas sin número, ¿esperaba Júpiter satisfacer su detestable pasión con su propia madre?»

— Arnobio, «Adversus Nationes», libro V

Pausanias en cambio lo despacha como un simple sueño húmedo del dios, que derrama su semilla en el suelo mientras duerme, sin roca con nombre propio y sin madre de por medio.

Sea como fuere, de aquel semen nace Agdistis, un ser con los dos sexos a la vez y de una fuerza tan fabulosa que ni los propios dioses se atrevían a plantarle cara, por lo menos de frente. Así, intentan engañarlo. Pausanias se limita a decir que los dioses le cortaron el miembro masculino; Arnobio sin embargo, se recrea en los detalles: Dioniso convierte en vino el agua de la fuente donde ella bebe y espera a que la borrachera la tumbe. Mientras duerme, le ata los genitales masculinos con una soga recia al pie de un árbol, de modo que al despertar y levantarse de golpe es ella misma, con su desmedida fuerza, la que se arranca lo que la soga sujeta. Amputado lo masculino, lo que queda, según la mitología, es una diosa.

Una aclaración, pues aquí los nombres de Cibeles (o Magna Mater) y Agdistis pueden resultar confusos. En realidad madre e hija acabaron confundiéndose en el santuario de Pesinunte, hasta el punto de que Agdistis era el nombre con el que allí llamaban a la propia Cibeles, según recoge el geógrafo griego Estrabón.

De los genitales enterrados de Agdistis brota un almendro, según Pausanias; un granado, según Arnobio, que contaba la misma historia con otra fruta. Pero ambos coinciden en que Nana, hija del dios-río Sangario (el nombre se lo debemos a Arnobio; Pausanias la deja en «una hija del Sangario»), pasa por debajo, coge la fruta, se la guarda en el regazo y ésta desaparece. Nana queda embarazada y da a luz a Atis. Cuando Atis crece, Agdistis se enamora de él.

Repasad la genealogía despacio. Zeus se derrama en la piedra sobre la que intenta violar a Cibeles; de la piedra sale un ser andrógino cuya fuerza no es solo sobrehumana sino también sobredivina; del ser andrógino mutilado germina un árbol; del árbol cuaja una fruta; y de la fruta nace un muchacho. Y ese muchacho crece hasta convertirse en el objeto del deseo de la propia Agdistis, es decir, de la quasi abuela de la criatura. Ni al más delirante guionista de telenovelas se le hubiera podido ocurrir algo así.

Años más tarde, cuando Atis está a punto de casarse en Pesinunte, Agdistis se presenta en la boda y, loca de celos, infunde su propia locura sobre los invitados. Atis, en su frenesí, huye y se corta los genitales. Según Pausanias la novia es la hija del rey de Pesinunte, sin más señas; según Arnobio ese rey es Midas (sí, ese rey Midas) y el muchacho se mutila bajo un pino, el árbol que acabará siendo el emblema del culto.

La versión romana, escrita por el poeta Ovidio en los Fastos, es mucho más puritana. Su Atis es un muchacho frigio, un hermosísimo habitante de los bosques que jura a Cibeles fidelidad casta. Ovidio, por tanto, ha borrado del relato toda la genealogía frigia: en su versión no hay almendra ni granada, ni Agdistis, ni parentesco alguno con Zeus, solo un muchacho y la diosa a la que sirve, de modo que la promesa es la de un devoto con su señora. El muchacho, no obstante, rompe la promesa acostándose con la ninfa Sagaritis. La diosa mata a la ninfa y castiga al muchacho con visiones. Aquí vuelve a aparecer la locura que mencionaron Arnobio y Pausanias en sus versiones: creyéndose atacado por las Furias, Atis se mutila, se castra.

También él se laceró el cuerpo con una piedra afilada, y la larga melena se le arrastró por el polvo sucio. Y gritó: «¡Lo merecí! Pago con mi sangre la pena merecida. ¡Ah, que perezcan las partes que me hicieron daño!».

— Ovidio, «Fastos» IV (vv. 237-240)

Según Ovidio, donde había un ser hermafrodita enamorado, ahora hay un joven atractivo que le pone los cuernos a una diosa y lo paga caro. Sexo, culpa y castigo. Lo hemos visto mil veces a lo largo de la historia. Pero lo que hace de este mito único, y al mismo tiempo donde confluyen todas las versiones, es la castración.

Del final del muchacho las fuentes antiguas hablan poco y mal. Se desangra bajo el pino, y Agdistis, arrepentida, consigue de Zeus (al fin y al cabo pertenecía a su prole) que el cuerpo no se corrompa, que el pelo le siga creciendo y que el dedo meñique se le mueva eternamente, según cuenta Pausanias. De su sangre brotan las violetas, según cuenta Arnobio.

Medio siglo antes que Ovidio, el poeta Catulo escribió el texto latino más antiguo que conservamos sobre el asunto, y también el más perturbador, porque es el único que cuenta la castración desde la perspectiva del castrado. Un muchacho llega a Frigia y se mutila los genitales en pleno arrebato. Al día siguiente despierta sereno, y con la calma le llega el arrepentimiento: mira el mar hacia la patria que ha perdido y se lamenta de lo que se ha hecho. Ninguna otra fuente se atreve con ese día después. En Pausanias, en Arnobio y en Ovidio, tras el tajo solo hay muerte o metamorfosis.

Y ahí, por raro que suene, entra el león. Cibeles, que escucha el lamento desde su carro, libera a una de las fieras que tiran de él y la azuza contra el fugitivo para devolverlo a la servidumbre y al monte. No es un animal cualquiera ni un capricho del poeta: la Gran Madre aparece siempre entronizada entre leones o llevada por ellos, dueña de las bestias salvajes, y medio siglo después de Catulo, Ovidio contará en el libro X de las «Metamorfosis» que los leones del carro habían sido antes Atalanta e Hipómenes, castigados por profanar el templo de la diosa y condenados a tirar de su carro para siempre. El castigo, aunque distinto, también existe con Atis, y por eso la escultura de Cibeles que hemos visto mil veces, con su corona de torres y sus leones a los pies, es también un retrato de quienes la han ofendido.

Catulo es además el único que nombra el cambio de sexo, y no el de la divinidad, sino el del propio Atis, ya convertido sin saberlo en el primero de los galli, de los sacerdotes de la diosa: desde el corte, el poema lo declina en femenino.

«¡Patria mía, que me engendraste; patria mía, que me pariste! ¿Debo yo, desdichada, haberte abandonado, como el siervo fugitivo abandona a su señor?»

— Catulo, «Carmen» 63

Y aquí está el quid de la cuestión, porque el mito no era un cuento para entretener las veladas frigias: era la justificación de un rito. Los sacerdotes de Cibeles se castraban porque Atis se había castrado. La ceremonia se repetía cada primavera: cada marzo se castraban los novicios que ingresaban ese año, mientras los ya mutilados se limitaban a laceraciones en los brazos. El cuerpo del dios se rehacía así con carne nueva, con la misma piedra y en la misma fecha.

Marzo en Roma: el Día de la Sangre

Las fiestas de Cibeles y Atis, tal como quedaron fijadas en el calendario romano de época imperial, ocupaban casi dos semanas y estaban montadas como una cuesta, subiendo de tono día a día.

  • 15 de marzo, Canna intrat. La entrada de las cañas, en recuerdo del niño Atis hallado entre los juncos del río Sangario.
  • 22 de marzo, Arbor intrat. Un pino cortado entraba en el templo envuelto en vendas de lana, como un cadáver amortajado, y decorado con violetas. Era el pino de Atis, y entraba a su funeral.
  • 24 de marzo, Dies Sanguinis. El Día de la Sangre, la cima de la fiesta: el duelo por Atis, los sacerdotes sangrando y la castración de los novicios.
  • 25 de marzo, Hilaria. El día de la alegría, con el luto prohibido y sin trabajo, coincidiendo con el equinoccio de primavera según el cómputo romano.
  • 27 de marzo, Lavatio. El lavado ritual de la imagen de la diosa en las aguas del río Almo.

El día 24 los sacerdotes danzaban al son de las tibiae, las flautas dobles, con los platillos y los tympana, unos panderos de mano, hasta entrar en trance, y se laceraban los brazos para salpicar con su sangre el altar y el pino. Y entonces los novicios cumplían el voto definitivo, la eviratio: se cortaban con un pedazo de sílex.

De lo que ocurría después conservamos el relato del escritor Luciano de Samósata, que cuenta que en el santuario de la diosa siria de Hierápolis el recién mutilado echaba a correr por la ciudad con lo cortado en la mano, lo arrojaba dentro de una casa, y de esa casa recibía ropa de mujer y adornos femeninos. Ni siquiera hacía falta llamar a la puerta: bastaba con que estuviera abierta.

En la ciudad de las legiones y de las fraguas, en la capital del hierro, el momento decisivo del rito tenía prohibido el metal. Ni bronce ni hierro: un trozo afilado de sílex o de cerámica rota. Aquella liturgia era mucho más antigua que Roma y cambiar la piedra por una hoja habría sido cambiar el rito entero.

Con lo que Roma se quedó respecto al mito

El Senado quería el meteorito y la profecía, y se encontró en casa con los galli: los sacerdotes eunucos que recorrían las calles con túnicas de colores, el pelo largo y perfumado, pidiendo limosna al son de los tambores. Un ciudadano criado en una religión de magistrados y calendarios veía en aquello exactamente todo lo que la virtus no era, y la virtus era el ideal romano de hombría: contención, servicio público y aguante. La misma ciudad que había convertido a la matrona Lucrecia en el modelo de la virtud ciudadana no podía dar por buenos a unos sacerdotes que bailaban descalzos pidiendo monedas.

La respuesta legal fue tajante. Ningún ciudadano romano podía vestir las ropas de los galli, mendigar a su manera ni celebrar los ritos frigios. Así lo dejó escrito el historiador griego Dionisio de Halicarnaso, que vivió en Roma en tiempos de Augusto:

Por ley y decreto del Senado, ningún romano de nacimiento recorre la ciudad en procesión con túnicas de colores, ni pide limosna, ni se hace acompañar de flautistas, ni celebra los ritos frigios en honor de la diosa.

— Dionisio de Halicarnaso, «Antigüedades Romanas» II.19.5

La castración de ciudadanos, que es lo que aquí de verdad importa, no aparece en esas líneas. Llegó más tarde, con la legislación imperial: Domiciano la prohibió expresamente y Nerva y Adriano confirmaron dicha prohibición.

De modo que el sacerdocio sangrante quedó reservado a extranjeros, y así siguieron reclutándose fuera de Roma durante mucho tiempo. Los romanos tenían su diosa, tenían su templo y tenían, con aquellos extravagantes mitos, quien lo atendiera, siempre que ese quien no fuera romano. Observaban el violento rito desde el otro lado, desvinculados, en cierta forma, de aquel culto que tanto se habían esforzado en importar.

Hasta que se les ocurrió una especie de hipócrita apaño: en tiempos del emperador Claudio, a mediados del siglo I d. C., se creó el cargo de Archigallus, sumo sacerdote del culto, reservado esta vez a ciudadanos romanos de pleno derecho que, todo apunta a ello, no se castraban. Alguien tenía que administrar el templo del Palatino sin mancharse, y ese alguien conservaba todos los atributos del culto, el tocado ornamentado, el látigo y la caja de los objetos sagrados, pero sin pasar jamás por la piedra.

¿Cuál es el significado del mito?

Nadie se puso de acuerdo. Durante siglos, cada supuesto intelectual miró aquella piedra afilada y vio en ella exactamente lo que necesitaba ver.

Los paganos cultos del Imperio tardío tenían un problema de puertas adentro: defender ante los cristianos un culto que castraba gente en la vía pública. Y montaron una explicación de las cosechas. Atis no era un muchacho, era el grano; la diosa era la tierra; y el corte era la siega. El mito no hablaba de sexo ni de sangre, sino de agricultura.

La tierra, dicen, ama sus frutos; Atis es eso mismo que brota de ella; y el castigo que sufrió es lo que el segador hace con la hoz a la mies madura.

— Firmicus Materno, «De errore profanarum religionum» III

Así lo recogió, aunque fuera para ridiculizarlo, Julio Firmicus Materno, un astrólogo pagano converso al cristianismo que hacia el año 347 escribió el primer texto conocido que pedía a los emperadores la abolición de los cultos antiguos.

El emperador Juliano, el último pagano que se sentó en el trono romano, explicó en su discurso «Himno a la Madre de los Dioses» que cortarse significaba poner freno a todo lo que se desborda. El espíritu baja hasta el fondo de la materia, se detiene y emprende la vuelta hacia arriba. Los dioses, escribió, nos avisan así de que arranquemos de nosotros todo desenfreno y subamos hacia lo que tiene forma y medida. Un muchacho desangrándose bajo un pino, convertido en un ejercicio espiritual.

Y luego estaban los cristianos. Para ellos, el dios de aquel culto moría, se le lloraba durante días y volvía a la vida en el equinoccio de primavera, entre la alegría general. ¿Os suena de algo? El propio Firmicus Materno, que para entonces escribía ya como cristiano, lo describió así:

…sostuvieron que aquel a quien poco antes habían enterrado había vuelto a la vida.

— Firmicus Materno, «De errore profanarum religionum» III

Pero ese parecido entre el mito de Atis y la Pascua, que tanto alarmó a los cristianos del siglo IV, lo documenta casi en exclusiva un cristiano que quería destruir el culto.

La explicación dada a las similitudes con la resurrección cristiana fue que el demonio había plagiado por adelantado, montando una parodia de la resurrección antes de que la resurrección ocurriera. Para sostener ese plagio había que empezar admitiendo que el parecido existía; y para que el parecido existiera, alguien tuvo que describir la fiesta pagana con vocabulario cristiano.

A partir de 1890 llegó una interpretación más, esta vez antropológica. El escocés James Frazer sostenía en su ensayo La rama dorada que casi todas las religiones antiguas habían contado la misma historia: un dios joven que muere y vuelve, año tras año, al compás de la semilla que se entierra en otoño y brota en primavera. Atis entraba en ese cajón junto a Osiris, Tammuz y Adonis. Todos eran, en el fondo, un solo dios de la vegetación con nombres distintos, y los ritos que se les dedicaban, magia agrícola para asegurar la cosecha. A Cristo no lo metió de forma explícita en la lista, pero comparó su Pascua con las fiestas romanas de Atis y dejó que el lector cerrara la frase. Es, con bibliografía, la misma explicación que los paganos le habían dado mil quinientos años antes.

La idea dominó los manuales de historia de las religiones durante casi un siglo. Los historiadores empezaron a desmontarla en los años treinta, destacando la contribución del estadounidense Jonathan Z. Smith en un artículo de 1987 para la Encyclopedia of Religion. Su aportación fue ir dios por dios en vez de mirar el conjunto. Y al hacerlo, se dio cuenta de que las supuestas similitudes, en realidad, no lo eran: algunos dioses desaparecen y regresan, pero nunca llegan a morir; otros mueren y no vuelven jamás. Ninguno hace las dos cosas de forma inequívoca. Lo que Frazer había tomado por un patrón universal salía, caso por caso, de reconstrucciones modernas y de textos tardíos o ambiguos.

¿Y qué queda entonces? La lectura que hoy manejan los especialistas del culto, y que arranca con trabajos como los del historiador de las religiones suizo Philippe Borgeaud y la arqueóloga estadounidense Lynn Roller, es bastante menos ambiciosa y bastante más terrenal. El mito de Atis no explica el trigo ni promete otra vida: explica a los sacerdotes. Es la historia que justifica por qué unos hombres se cortan los genitales cada marzo y por qué la diosa acepta ese servicio y no otro. Nace ligado a un rito concreto de un santuario concreto, el de Pesinunte, y va cambiando de forma según quién lo cuente y para qué. Los frigios ponen el andrógino y la genealogía imposible; Catulo se mete dentro del sacerdote y le presta la voz del arrepentimiento; Ovidio borra la genealogía y monta un asunto de fidelidad y castigo, que era el vocabulario en el que Roma podía tolerar aquello; Juliano lo convierte en una escala del alma cuando el culto necesita defenderse ante la filosofía; Firmicus le presta la resurrección cuando lo que hace falta es un rival (el mismísimo Satanás) al que acusar de plagio. Y todo surge por una necesidad práctica: encontrar quien protegiera a Roma de la amenaza de Aníbal.

El arte solo se atrevió con el “después del tajo”

De la castración no ha llegado hasta nosotros ni una sola imagen antigua (afortunadamente). Lo que se conserva es siempre el instante posterior: el muchacho ya lánguido, ya mutilado.

En 1867, el arqueólogo Carlo Ludovico Visconti desenterró en el santuario de Atis de Ostia Antica una escultura de mármol de más de metro y medio de largo, de autoría anónima y época adrianea. El original se conserva en los Museos Vaticanos; en el yacimiento se expone un vaciado de yeso.

«Atis reclinado», de autoría anónima romana (época adrianea). Vaciado de yeso expuesto en el santuario de Atis de Ostia Antica, en el mismo lugar donde apareció la pieza; el mármol original se conserva en los Museos Vaticanos, Museo Gregoriano Profano (inv. 10785). Fotografía de Dennis G. Jarvis (2010), licencia CC BY-SA 2.0.
«Atis reclinado», de autoría anónima romana (época adrianea). Vaciado de yeso expuesto en el santuario de Atis de Ostia Antica, en el mismo lugar donde apareció la pieza; el mármol original se conserva en los Museos Vaticanos, Museo Gregoriano Profano (inv. 10785). Fotografía de Dennis G. Jarvis (2010), licencia CC BY-SA 2.0.

Atis aparece reclinado sobre un busto barbado, quizá la personificación del río Galo, en esa postura ambigua que lo mismo sirve para un banquete que para una agonía.

Más de dos siglos después, la pareja divina viaja ya en la vajilla de lujo de la aristocracia tardorromana. En la patera de Parabiago, desenterrada en 1907 en esa localidad cercana a Milán, un disco de plata sobredorada de treinta y nueve centímetros y autoría anónima, el relieve levanta a Cibeles y a Atis sobre una cuadriga de leones, rodeados por los Coribantes, los danzantes armados del séquito de la diosa, y por el Zodíaco, el Sol y la Luna. Los tambores y el sílex, batidos en plata para que alumbraran una sobremesa.

Patera de Parabiago, de autoría anónima romana (siglo IV d. C.). Museo Arqueológico de Milán. Fotografía de Giovanni Dall'Orto.
Patera de Parabiago, de autoría anónima romana (siglo IV d. C.). Museo Arqueológico de Milán. Fotografía de Giovanni Dall'Orto.

Y mucho más tarde, cuando el culto llevaba más de mil años muerto, el pintor Andrea Mantegna pintó para el noble veneciano Francesco Cornaro «La introducción del culto de Cibeles en Roma» (1505-1506): un lienzo alargado en grisalla, pintado en gamas de gris, una pintura que finge ser mármol para contar el desembarco de una diosa que no era más que un pedrusco negro. La protagonista de la escena es Claudia Quinta, la matrona de la maroma.

La introducción del culto de Cibeles en Roma, de Andrea Mantegna (1505-1506). The National Gallery, Londres (inv. NG902).
La introducción del culto de Cibeles en Roma, de Andrea Mantegna (1505-1506). The National Gallery, Londres (inv. NG902).

De la piedra negra a la plaza de Cibeles

El culto desapareció a finales del siglo IV, cuando el cristianismo prohibió los dioses antiguos y nadie sabe dónde acabó la piedra negra de Pesinunte.

De todo aquello sobrevivió la música (¡inmortal música!). En 1676, el compositor Jean-Baptiste Lully y el libretista Philippe Quinault estrenaron la ópera Atys, conocida como «la ópera del Rey» por ser la preferida de Luis XIV, que la hizo representar hasta el aburrimiento; allí la diosa acaba convirtiendo al pastor en pino, como en las Metamorfosis de Ovidio. Un siglo más tarde, en 1780, el compositor Niccolò Piccinni volvió sobre el mismo asunto para la Ópera de París, con libreto del escritor Jean-François Marmontel rehecho sobre el de Quinault, y su Atis ya se suicida en escena. En los dos casos el muchacho muere de amor y de locura divina, con mucha cuerda y mucho verso, y de la piedra afilada no queda ni rastro.

Si queréis juzgar por vosotros mismos, ahí tenéis el montaje que resucitó la obra en 1987, dirigido por el director de orquesta William Christie al frente de Les Arts Florissants, con puesta en escena de Jean-Marie Villégier:

Y sobrevivió también la diosa, que ha terminado en un sitio más que conocido por todos los madrileños. La fuente la encargó Carlos III al arquitecto Ventura Rodríguez dentro de la reforma ilustrada del Salón del Prado, con la idea de enfrentar a Cibeles con Neptuno y colocar a Apolo entre ambos, siguiendo el trazado en forma de circo romano que el arquitecto José de Hermosilla había dado al paseo en mitad de Madrid. Iba destinada en origen a los jardines de La Granja de San Ildefonso y acabó en el paseo. Se eligió a Cibeles por ser la diosa de la tierra y de la fertilidad (algo que casa con la idea de fuente), y se la colocó en un carro tirado por leones, igual que en la patera de plata que había decorado las sobremesas del Imperio más de 1500 años antes.

Fuente de Cibeles, del arquitecto Ventura Rodríguez (diseño, 1782), con la diosa esculpida por Francisco Gutiérrez y los leones Atalanta e Hipómenes, obra del escultor Roberto Michel. Plaza de Cibeles, Madrid. Fotografía de Diego Delso.
Fuente de Cibeles, del arquitecto Ventura Rodríguez (diseño, 1782), con la diosa esculpida por Francisco Gutiérrez y los leones Atalanta e Hipómenes, obra del escultor Roberto Michel. Plaza de Cibeles, Madrid. Fotografía de Diego Delso.

Cada cierto tiempo, miles de personas se suben a abrazarla envueltas en la bandera de su equipo. Le ponen bufandas al cuello y le cantan. De los galli no se acuerda nadie, ni de la piedra, ni de las puertas que más valía tener bien cerradas el 24 de marzo.

Fuentes y para saber más