Hubo un tiempo en el que la pintura era el testimonio, a veces fiel pero siempre grandilocuente, de la historia. Antes siquiera de que hubieran fotografías, eran los pintores quienes inmortalizaban en imágenes los sucesos y personajes que marcaban las distintas épocas. Entre 1818 y 1819, el pintor romántico francés Théodore Géricault (1791 – 1824), con apenas veintisiete años, inmortalizó, en lo que sería una de las obras más prestigiosas del Museo Louvre, un dantesco naufragio donde el nepotismo y la incompetencia desembocaron en el asesinato y el canibalismo.
El naufragio de la fragata Medusa (Méduse)

El 17 de junio de 1816, la fragata Medusa zarpó del puerto francés de Rochefort rumbo a Senegal, al frente de un pequeño convoy. Llevaba al nuevo gobernador y a los colonos que debían recibir la colonia, que Inglaterra devolvía a Francia según los términos de la Paz de París.
El capitán de la fragata, el vizconde Hugues Duroy de Chaumereys, pese a llevar más de 20 años sin navegar, trató imprudentemente de lograr una travesía rápida que concluyera antes de lo previsto. Sin embargo, hizo caso omiso de los consejos de los oficiales más experimentados y erró en la interpretación de los mapas, terminando por hacer encallar la nave, el 2 de julio, en el banco de Arguin, a unos 50 kilómetros de la costa de la actual Mauritania. Una tormenta puso el último clavo en el ataúd del navío.
Entre marineros, soldados y pasajeros iban a bordo unas 400 almas, pero los botes salvavidas solo tenían capacidad para unas 250 personas. Así que se construyó una balsa improvisada con los restos del barco, que diera cabida a otros 146 hombres y una mujer. Las barcas debían arrastrar a la balsa hasta la costa, pero el exceso de peso imposibilitó tal misión. El capitán, desde uno de los botes, ordenó que soltaran amarras, abandonando a los 150 desgraciados a su suerte.
En la balsa no había agua, solo unos toneles de vino. Debido a la precariedad de la improvisada embarcación, la primera noche murieron unas 20 personas, ahogadas o por su propia mano. En la segunda, borrachos y desesperados, un grupo de soldados y marineros se amotinó contra los oficiales, y estos los reprimieron a sablazos: al cuarto día solo quedaban 67 personas con vida. Fue entonces cuando empezaron a comer la carne de los muertos. Al octavo día, los más fuertes decidieron arrojar al mar a los enfermos y heridos, y solo quedaron 15. Siguieron a la deriva, bebiendo su propia orina y comiendo carne humana secada al sol, hasta que el 17 de julio, al decimotercer día, el bergantín Argus, uno de los barcos del convoy, los encontró por casualidad. Cinco de ellos murieron en los días siguientes, ya en tierra.
Esta dantesca historia se hizo pública porque dos de los supervivientes, el cirujano Henri Savigny y el ingeniero Alexandre Corréard, la contaron primero en la prensa, en septiembre de 1816, y al año siguiente en un libro, «El naufragio de la fragata Medusa» (1817), que narra con todo lujo de detalles tales acontecimientos, desde la cobarde y temeraria actuación del capitán Chaumereys, que por cierto fue juzgado en un consejo de guerra en 1817 y condenado a tres años de cárcel, hasta las atrocidades que se cometieron en nombre de la supervivencia. El libro tuvo cinco ediciones en cuatro años, y el naufragio se convirtió en un escándalo político que el gobierno de la Restauración trató de tapar.

¿Cómo pintó Géricault el cuadro? Estudio de un artista
Géricault siempre mostró un deseo casi obsesivo por representar el suceso de la manera más realista posible y, antes de empezar el lienzo, emprendió una investigación exhaustiva. A principios de 1818 se reunió con Savigny y Corréard para realizar algunos esbozos e intentar ser fiel a los propios acontecimientos. Más tarde solicitó a otro de los náufragos, el carpintero Lavillette, que construyera una maqueta de la balsa donde, además, consiguió que posaran otros supervivientes. Finalmente, se sirvió de restos de cadáveres: dibujaba en la morgue del hospital Beaujon de París, se llevaba a su estudio brazos y piernas amputados y llegó a pintar una cabeza cortada que le prestaron en un manicomio, para que los cuerpos que iba a pintar estuvieran dotados del máximo realismo anatómico y el tono de la piel, carente de vida, fuese fidedigno. Entre noviembre de 1818 y julio de 1819 apenas salió del estudio, y hasta se rapó la cabeza para no tener la tentación de dejarse ver en sociedad. Su amigo Eugène Delacroix, el pintor, posó para la figura que yace boca abajo en primer plano, con el brazo extendido. Todavía se conservan algunos de estos estudios, que aún hoy impactan por su crudeza.
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Théodore Géricault, «Estudio de pies y mano» (1818-1819), óleo. Musée Fabre, Montpellier.
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Théodore Géricault, «Cabezas cortadas» (hacia 1818-1819), óleo. Nationalmuseum, Estocolmo.
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Théodore Géricault, estudio de miembros amputados (hacia 1818-1819), óleo.
Análisis técnico de «La balsa de la Medusa»
La obra de Théodore Géricault, un óleo de 491 × 716 centímetros, muestra claras influencias de Miguel Ángel en el estudio anatómico de los cuerpos, de Rubens en lo referente al tratamiento del color y de Caravaggio en el violento contraste de luces y sombras.
Por otra parte, el lienzo se estructura en dos pirámides, a izquierda y derecha, en primer y en segundo plano. La pirámide de la izquierda está formada por el mástil, los cadáveres y aquellos náufragos rendidos. Sin embargo, la pirámide de la derecha, más al fondo, simboliza la vida y la esperanza, con aquellos náufragos que agitan sus camisas para llamar la atención de un barco que los rescate. Ese barco sí está en el cuadro: es el Argus, un punto diminuto en el horizonte, a la derecha. Géricault eligió el momento en que los náufragos lo divisaron y el barco pasó de largo; volvió a por ellos dos horas después.
Géricault presentó el lienzo en el Salón de París de 1819 con un título neutro, «Escena de naufragio», para no dar nombres, pero nadie dudó de qué naufragio se trataba, y la crítica se dividió según su color político: los liberales lo aplaudieron como una denuncia del gobierno de los Borbones, y los realistas lo despreciaron como un montón de cadáveres. El historiador Jules Michelet lo resumió años después: toda nuestra sociedad va a bordo de la balsa de la Medusa. Al año siguiente lo expuso en Londres, en el Egyptian Hall de Piccadilly, donde lo vieron unas 40.000 personas. El Louvre lo compró a sus herederos tras la muerte del pintor, en 1824. Hoy cuesta ver muchos de sus detalles: Géricault usó betún para conseguir unas sombras más profundas, y ese pigmento ha oscurecido y agrietado la pintura de forma irreversible.
A pesar del espeluznante acontecimiento que inspiró el cuadro, no cabe duda de que se trata de una imponente obra de impecable factura que sirve como recordatorio del egoísmo, la irresponsabilidad y la vileza del ser humano.
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