Un kusōzu (九相図, «pintura de las nueve etapas») es un género de pintura budista japonesa que muestra, escena a escena, cómo el cadáver de una mujer hermosa se hincha, revienta, se llena de gusanos, es devorado por los perros y acaba convertido en un puñado de huesos blancos esparcidos por el campo. Se trata de un género que no tiene ánimo de escandalizar, sino de instruir; su objetivo era que un monje pudiera sentarse delante de esas pinturas y contemplarlas durante horas, hasta suprimir su deseo sexual y su propia vanidad.

Se pintó desde el siglo XIII hasta finales del XIX, primero en rollos de monasterio y, desde mediados del XVII, también en libros impresos que cualquiera podía tener en su casa.

Las nueve etapas del cadáver

La serie más completa que puede verse fuera de Japón son las nueve acuarelas del siglo XVIII que conserva la Wellcome Collection de Londres, de autor anónimo y estilo próximo a la escuela Tosa. No siguen al pie de la letra la secuencia canónica de los textos budistas (fuente de esta temática artística): empiezan con la dama todavía viva y, desde ahí, siguen casi lámina a lámina el poema de las nueve etapas que muchos kusōzu llevan inscrito, hasta terminar en una tumba. Y cuentan esa caída con un detalle clínico que haría palidecer a un anatomista.

En la primera lámina, la dama escribe su poema de despedida, pero mejor que la veáis vosotros mismos.

Lámina 1 de 9 · En vida. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.
Lámina 1 de 9 · En vida. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.

En la segunda acaba de morir y yace en su lecho, velada por una dama de compañía y un cortesano.

Lámina 2 de 9 · Recién muerta. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.
Lámina 2 de 9 · Recién muerta. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.

Es el instante que canta el poema de la primera etapa, uno de los nueve que se atribuyen al poeta chino Su Dongpo (1037 – 1101) y que muchos kusōzu llevan inscritos junto a cada escena:

El semblante habitual palideció con la enfermedad. El cuerpo, fragante, parece dormido. Los viejos amigos queridos aún permanecen. El espíritu ya ha partido. Un rostro hermoso se marchita tan rápido como las flores del tercer mes. La vida es breve como las hojas de otoño al caer. No hay diferencia entre juventud y vejez. No hay escapatoria, ni antes ni después, ni más rápido ni más lento.

— Atribuido a Su Dongpo, poema de la primera etapa (traducido a partir de la versión inglesa de Fusae Kanda)

Después, el cuerpo ya hinchado yace bajo las ramas de un sauce llorón, que hace aquí de plañidera.

Lámina 3 de 9 · Distensión. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.
Lámina 3 de 9 · Distensión. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.

El rostro sonrosado se ha oscurecido y ha perdido su elegancia. El cabello negro, ya marchito, se enreda con las raíces de la hierba.

— Poema de la segunda etapa

Abandonado en el campo, empieza a abrirse y a sangrar.

Lámina 4 de 9 · Exudación de sangre. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.
Lámina 4 de 9 · Exudación de sangre. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.

La piel podrida ha deshecho el rostro de hermosas cejas. La sangre mana de pronto de las entrañas corrompidas.

— Poema de la tercera etapa

Luego la carne se pudre y se desprende sobre la hierba.

Lámina 5 de 9 · Putrefacción y decoloración. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.
Lámina 5 de 9 · Putrefacción y decoloración. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.

La carne que queda yace sobre la hierba de primavera, todavía a medio verdear. Los restos de piel se vuelven de un negro azulado ante el viento de la tarde.

— Poema de la quinta etapa

Llegan dos perros y dos cuervos a devorar lo que queda.

Lámina 6 de 9 · Consumo por animales. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.
Lámina 6 de 9 · Consumo por animales. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.

Los perros hambrientos ladran en el cementerio. Las aves voraces se juntan en la arboleda abandonada.

— Poema de la sexta etapa

De la mujer solo queda el esqueleto entre los juncos, con un vestigio aún de sangre reseca.

Lámina 7 de 9 · Esqueleto. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.
Lámina 7 de 9 · Esqueleto. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.

Fue una belleza de la corte, ahora no es más que un esqueleto en un campo desolado.

— Poema de la séptima etapa

Y al final los huesos se dispersan por la hierba.

Lámina 8 de 9 · Dispersión de los huesos. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.
Lámina 8 de 9 · Dispersión de los huesos. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.

La hiedra cubre por fin los huesos. Unos dispersos, otros separados, nadie recuerda ya de quién fueron.

— Poema de la octava etapa

En la última lámina de la serie de la Wellcome ya no queda rastro del cadáver: en su lugar, una estupa funeraria de piedra entre las cañas. Hermoso y bizarro, como la propia especie humana.

Lámina 9 de 9 · Túmulo. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.
Lámina 9 de 9 · Túmulo. Acuarela de autoría anónima (siglo XVIII), Wellcome Collection.

En la colina de los pinos queda grabado el nombre, pero la forma humana se ha ido. Los huesos son polvo en la hierba.

— Poema de la novena etapa

Para qué servía: un remedio de oro contra el deseo

La idea no nació en Japón. Viene de la India, de una práctica ascética llamada asubha-bhāvanā, la contemplación de la impureza, que ya prescribe el Mahāsatipaṭṭhāna Sutta del canon pali y que en su forma más literal consistía en meditar sentado en un osario, delante de un cadáver de verdad. La pintura era una versión practicable para quien no podía hacerlo ante un verdadero muerto.

Las nueve etapas quedaron fijadas en el «Discurso sobre la Gran Sabiduría», un tratado atribuido al filósofo budista indio Nagarjuna que el monje Kumārajīva tradujo al chino hacia el año 400. Por esa vía, la del budismo chino, llegaron a Japón, donde el monje Genshin (942 – 1017), de la escuela Tendai, asentó la práctica en el «Compendio de la esencia de la salvación» (Ōjōyōshū, 985), donde llama a esta contemplación, el kusōkan, «un remedio de oro contra el deseo sensual». El salto a la pintura fue cuestión de tiempo. El kusōzu es por tanto la medicina para la enfermedad del apetito sexual. Los textos budistas no dejaban lugar a la ambigüedad:

Incluso una mujer de cejas gráciles, ojos de jade, dientes blancos y labios rojos es como si estuviera cubierta de una mezcla de excremento y grasa, o como si un cadáver putrefacto estuviera vestido de seda y sarga.

— «Discurso sobre la Gran Sabiduría», atribuido a Nagarjuna

Cabe aclarar que según el kusōkan, la belleza no es lo contrario de la podredumbre; es su envoltorio, y basta con esperar unos días para que se desvanezca. El cadáver es casi siempre el de una mujer joven y hermosa, y las primeras escenas la pintan todavía intacta, vestida, tumbada como si durmiese, antes de que, literalmente, empiece a pudrirse. El destinatario del ejercicio era un monje varón y célibe al que se pretendía desactivar el deseo justo a la edad en que está más exacerbado.

Por ejemplo, del monje Musō Soseki (1275 – 1351), que llegaría a ser uno de los grandes maestros zen de su siglo, se cuenta que en 1288, con catorce años, le pusieron delante una pintura de las nueve etapas: la edad en la que suele producirse el despertar sexual en los adolescentes.

Esa mezcla de erotismo y osario también la conoció Occidente, aunque allí la muerte tenía otro propósito: más que apagar el deseo, recordaba que la belleza, al contrario que el alma, tiene los días contados. Lo pintó Hans Baldung Grien en su cuadro «La muerte y la doncella» (1517), donde un cadáver descarnado agarra por el pelo a una muchacha desnuda, y volvió siglos después en las fotografías de mujeres desnudas junto a esqueletos y en las Venus anatómicas, muñecas de cera hermosísimas abiertas en canal para enseñar las vísceras.

«La muerte y la doncella» (1517), de Hans Baldung Grien: un cadáver descarnado agarra por el pelo a una muchacha desnuda. Óleo sobre tabla, Kunstmuseum Basel.
«La muerte y la doncella» (1517), de Hans Baldung Grien: un cadáver descarnado agarra por el pelo a una muchacha desnuda. Óleo sobre tabla, Kunstmuseum Basel.

¿Es Ono no Komachi la mujer que se pudre?

La mayoría de las reproducciones que circulan siguen llamando a estas pinturas «Las nueve etapas del cadáver de Ono no Komachi», la poetisa del siglo IX célebre por su belleza y por la crueldad con que despachaba a sus pretendientes, castigada tras la muerte con la exhibición pública de su descomposición. Es una historia impactante, por supuesto, pero no hay ni una prueba de que sea cierta. La historiadora del arte Fusae Kanda, autora del estudio académico de referencia sobre el género, rastreó la atribución hasta una entrada de 1212 de la crónica Azuma Kagami que menciona una pintura titulada «Esplendor y decadencia de la vida de Ono no Komachi», siglos después de la muerte de la poetisa. Kanda sostiene que una imagen devocional budista difícilmente iba a representar a una figura secular concreta, y que la muerta era originalmente anónima, un paradigma abstracto de la decadencia de la belleza; la historiadora Gail Chin había llegado a una conclusión parecida siete años antes. No obstante, la falsa creencia se popularizó en los siglos XVIII y XIX.

Circuló la misma clase de bulo acerca de la emperatriz Danrin (786 – 850), esposa del emperador Saga, de quien se cuenta que ordenó que no la enterrasen y que dejasen su cuerpo a la intemperie como escarmiento contra su propia lujuria. También en este caso las pruebas brillan por su ausencia.

Una de las láminas del kusōzu que la tradición, sin prueba alguna, bautizó como «las nueve etapas de descomposición de la emperatriz Danrin». Obra de autoría anónima (siglo XVIII), Honolulu Museum of Art (ex colección Richard Lane).
Una de las láminas del kusōzu que la tradición, sin prueba alguna, bautizó como «las nueve etapas de descomposición de la emperatriz Danrin». Obra de autoría anónima (siglo XVIII), Honolulu Museum of Art (ex colección Richard Lane).

Los kusōzu de Jujutsu Kaisen

Las nueve etapas han encontrado un público nuevo por una vía que Genshin no habría previsto. En el manga «Jujutsu Kaisen», del dibujante Gege Akutami, los objetos malditos llamados Jutai Kusōzu (en inglés, Cursed Womb: Death Paintings; entre los lectores en español, los «úteros malditos», las «pinturas de la muerte» o «el feto de las nueve etapas de la descomposición») dan origen a tres personajes, Chōsō, Esō y Kechizu, cuyos nombres son directamente los de tres de las etapas canónicas: la distensión, la ruptura y la exudación de sangre.

Fuyuko Matsui: el kusōzu pintado por una mujer

Durante siglos el género fue casi siempre el cuerpo de una mujer pudriéndose, pintado por hombres y pensado primero para monjes, aunque, según la mencionada experta Fusae Kanda, la más antigua que se conserva, de finales del siglo XIII en el templo Shōju Raigōji, ya se dirigía también a las mujeres, siguiendo una idea que retomarían los libros impresos de la época Edo, mediante los cuales se pretendía enseñar moral a las jóvenes. En este sentido, aunque un kusōzu con un cadáver de hombre es toda una rareza, en el templo Saiganji, en el barrio de Fushimi de Kioto, se conservan cinco rollos de finales del periodo Edo que lo pintan junto al de una mujer.

En 2004 la pintora japonesa Fuyuko Matsui (n. 1974) volvió al género desde dentro, con la técnica del nihonga, la pintura japonesa de pigmentos minerales y tinta: con «Keeping Up the Pureness» (浄相の持続, 2004), que puede verse en grande en su web oficial (no lo enlazamos aquí por cuestiones de derechos de autor), empezó su propia serie de las nueve etapas, otra vez con un cuerpo de mujer, pero uno que se ha abierto a sí mismo y mira al espectador. Matsui pinta siempre a una mujer: lo que cambia es quién pinta.

En ese rollo, una muchacha yace muerta en un campo entre flores de distintas estaciones, con el vientre abierto y, a la vista, los intestinos y un útero con un feto dentro; pero tiene los ojos entreabiertos y una expresión serena, casi esbozando una sutil sonrisa. Hasta el título le da la vuelta a la tradición: donde el budismo contemplaba el aspecto impuro del cuerpo (fujō), Matsui pinta la persistencia de su aspecto puro.

En 2012, el Asian Art Museum de San Francisco expuso siete de sus rollos en la muestra «Phantoms of Asia», y la poeta Mari L’Esperance escribió un poema a partir de ellos. En este vídeo del museo, mientras lo lee, pueden verse los rollos tal como colgaban en la sala.

Fuentes y para saber más