La condena de Miguel Servet tiene un mérito que muy pocos herejes pueden reclamar: puso de acuerdo a la Iglesia católica y a los reformadores protestantes, que en pleno siglo XVI se degollaban entre sí por cómo leer la Biblia y solo coincidieron en una cosa, en que aquel médico aragonés debía arder. Lo quemó Roma en efigie y lo quemó Ginebra en carne y hueso, con sus libros atados al cuerpo, sobre leña verde para que tardara más en arder. Y lo quemaron, entre otras cosas, por defender que no se quemara a los herejes.

Servet, que abogaba por la tolerancia, murió en la hoguera de la Iglesia calvinista, que paradójicamente presumía de haber reformado la insensatez de la Iglesia católica. Fue Juan Calvino, uno de sus líderes y máximos exponentes (al fin y al cabo, esa vertiente del protestantismo toma de él su nombre), quien propició la condena. Por una vez, enemigos acérrimos como los católicos y los protestantes estuvieron de acuerdo.

¿Quién fue Miguel Servet?

Retrato grabado de Miguel Servet, obra del grabador alemán Christian Fritzsch (h. 1740). Como casi todos los retratos que circulan de Servet, es posterior a su muerte y su parecido real es incierto: no se conserva ningún retrato hecho en vida. En la esquina superior izquierda, el propio grabador incluyó una escena en miniatura de su ejecución en la hoguera.
Retrato grabado de Miguel Servet, obra del grabador alemán Christian Fritzsch (h. 1740). Como casi todos los retratos que circulan de Servet, es posterior a su muerte y su parecido real es incierto: no se conserva ningún retrato hecho en vida. En la esquina superior izquierda, el propio grabador incluyó una escena en miniatura de su ejecución en la hoguera.

Miguel Servet (1509/1511 – 1553) fue médico, teólogo y humanista, nacido en Villanueva de Sijena, en la actual provincia de Huesca, y una de esas cabezas del Renacimiento que destacaban en multitud de disciplinas. Lo recordamos hoy, sobre todo, por un hallazgo científico de primer orden: fue el primer europeo en describir la circulación pulmonar, el recorrido de la sangre desde el corazón hasta los pulmones y de vuelta.

No lo escribió en un tratado de anatomía ni en un compendio de medicina, sino enterrado en las páginas de un libro de teología, la Christianismi Restitutio (la «Restitución del cristianismo»), su obra más importante. Servet no distinguía entre cuerpo y alma; la respiración, el aliento, la sangre que se airea en los pulmones eran también una manifestación espiritual. Su descubrimiento científico habría bastado para hacerlo célebre. En cambio, fueron otros preceptos del mismo libro que lo contenía los que lo llevaron a la pira, porque en él Servet negaba de plano el dogma de la Trinidad y desmontaba la validez del bautismo de niños. Proponía un Cristo divino pero no coeterno con el Padre, y anhelaba un regreso al cristianismo primitivo, anterior al concilio de Nicea y a los dogmas que allí se fijaron (como la consolidación de la mencionada Trinidad). Aun así, lo que la cristiandad de su época leyó fue el ataque a algunos de sus pilares intocables, compartidos por católicos y protestantes por igual.

Y precisamente por esa quema (de su persona y de su obra), su descubrimiento científico no obtuvo el reconocimiento y la divulgación que merecía. Al fin y al cabo, quemar libros no es sino el intento de la religión de erradicar las ideas con las que, permitidme el mal chiste, no comulgan.

El hereje condenado tanto por Roma como por Ginebra

Servet, ya perseguido por sus ideas, vivía en Francia con un nombre falso, ejerciendo la medicina, pero la Inquisición católica lo identificó como autor de aquellos escritos heréticos. Lo procesaron en Vienne y lo condenaron a la hoguera. El aragonés logró escapar de la cárcel antes de la ejecución, así que el 17 de junio de 1553 los inquisidores tuvieron que conformarse con quemar un muñeco que lo representaba, junto a sus libros. Fue su primera quema, la de la efigie.

Servet cometió entonces un error que los historiadores todavía discuten. En lugar de huir hacia el sur, hacia territorios donde nadie lo buscara, se detuvo en Ginebra, la ciudad-Estado donde Juan Calvino imponía su disciplina religiosa. Se ha especulado que iba de paso hacia Italia; nadie lo sabe con certeza. Y Ginebra era, para él, el peor lugar del mundo: llevaba años carteándose con Calvino, discutiéndole la doctrina calvinista punto por punto, corrigiéndole sus libros con anotaciones al margen que Calvino se tomó como una afrenta personal. Aquella correspondencia no era un debate cortés entre eruditos, era un duelo feroz. Pues tal y como ha quedado constancia en las cartas que Calvino escribió a su colaborador Guillaume Farel, le decía que si Servet llegaba a pisar la ciudad no lo dejaría salir con vida.

Lo reconocieron en la iglesia, asistiendo a un sermón, y lo detuvieron. Servet, perseguido todavía por la Inquisición católica, caía ahora en manos del Consejo calvinista que gobernaba la ciudad.

Retrato de Juan Calvino, obra de un pintor francés anónimo (h. 1550). Museum Catharijneconvent, Utrecht.
Retrato de Juan Calvino, obra de un pintor francés anónimo (h. 1550). Museum Catharijneconvent, Utrecht.

La ley de la ciudad, de raíz germánica, establecía una cautela contra las denuncias frívolas: quien acusara a otro de un delito capital debía entrar en prisión junto al acusado y arriesgarse a sufrir la misma pena si no lograba probar los cargos. Denunciar en falso, o sin pruebas suficientes, podía costar la vida.

Calvino, que ni siquiera tenía la ciudadanía ginebrina (no la obtendría hasta años después de la ejecución) y andaba enfermo, no iba a poner su propio cuello en juego. Así que colocó al frente de la acusación a su secretario, Nicolas de la Fontaine, que fue quien formalmente entró en prisión y firmó los cargos contra Servet, mientras Calvino movía los hilos desde la sombra y redactaba las acusaciones teológicas.

Servet, lejos de rendirse, intentó darle la vuelta a esa misma ley. Si el acusador falso debía arriesgar la pena del acusado, argumentó, entonces que se encarcelara a Calvino y se le aplicara a él la ley del talión. Pidió formalmente que Calvino fuera encerrado y juzgado en su lugar. El Consejo rechazó la maniobra de plano: era obvio que Calvino tenía demasiado poder y la suerte estaba ya echada.

No fue su única línea de defensa. Ante los jueces, Servet alegó que los primeros cristianos zanjaban sus disputas de doctrina sin tribunales de por medio, y que incluso bajo el emperador Constantino al hereje se le castigaba con el destierro, nunca con la muerte. De poco le sirvió: el fiscal Rigot vio en ese alegato un peligro político, el de dejar al magistrado sin potestad para castigar la herejía. En la Ginebra de Calvino, pedir que no se ejecutara a los herejes era, en sí mismo, una herejía más que sumar a la condena.

La hoguera de Champel

La ejecución de Miguel Servet en la hoguera de Champel, grabado francés del siglo XIX (autoría anónima). Una recreación imaginada, muy posterior a los hechos.
La ejecución de Miguel Servet en la hoguera de Champel, grabado francés del siglo XIX (autoría anónima). Una recreación imaginada, muy posterior a los hechos.

El 27 de octubre de 1553, Miguel Servet fue conducido a la colina de Champel, a las afueras de Ginebra, para ser quemado vivo. Le ataron al cuerpo un ejemplar de su Christianismi Restitutio, el libro que lo condenaba, para que ardieran juntos el hombre y su herejía.

La ejecución fue una atrocidad lenta y cruel. La leña estaba verde, húmeda, y en lugar de matarlo rápido lo fue torturando durante más de media hora. El predicador Guillaume Farel, mano derecha de Calvino, asistía al tormento no para consolarlo, sino para arrancarle una retractación en el último momento.

Entre las llamas, Servet gritó: «¡Jesús, Hijo del Dios eterno, ten piedad de mí!». Farel le exigió que rectificara, que dijera «Jesús, Hijo eterno de Dios». Parece una minucia, un juego de palabras, pero no lo era. Llamar a Cristo «Hijo del Dios eterno» dejaba lo eterno en Dios Padre; llamarlo «Hijo eterno de Dios» afirmaba la eternidad del Hijo, es decir, la Trinidad que Servet negaba. Bastaba con mover un adjetivo de sitio para salvarse de la agonía, o al menos para morir en paz con la ortodoxia. Servet prefirió el tormento a retractarse. Sostuvo su herejía en la posición de una palabra, con el fuego subiéndole por el cuerpo, hasta el último aliento. Fue su segunda quema, la del hombre y su obra.

«Matar a un hombre no es defender una doctrina»

La quema de Servet no cerró el asunto; lo abrió. A ojos de muchos, Calvino acababa de hacer, en nombre de la Reforma, exactamente lo mismo que la Reforma reprochaba a Roma: quemar a un hombre por sus ideas. El propio Calvino lo notó, y al año siguiente publicó un escrito para justificar la ejecución y argumentar que el magistrado cristiano tenía el deber de castigar la herejía con la muerte.

La réplica la escribió en 1554 Sebastián Castellión (1515 – 1563), un humanista que había sido colaborador del propio Calvino antes de romper con él, aunque su Contra libellum Calvini («Contra el libelo de Calvino») no se publicaría hasta 1612, casi sesenta años después y de forma póstuma. En ella dejó escrita una de las frases fundacionales de la tolerancia moderna:

Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre.

— Sebastián Castellión, «Contra el libelo de Calvino» (escrito en 1554, publicado en 1612)

Hoy esa idea parece una perogrullada. En 1554, escribirla era jugarse el mismo destino que Servet.

La tercera hoguera

A Miguel Servet lo quemaron dos veces en 1553, en efigie y en carne. La tercera quema, la tercera hoguera, tardó casi cuatro siglos en llegar, y la encendió otra clase de fanatismo.

Con el tiempo, la conciencia de Ginebra fue cambiando de bando. En 1903, los propios calvinistas erigieron un monumento en Champel, en el mismo lugar de la ejecución, admitiendo con cautela «un error que fue el de su siglo», aunque sin dejar por ello de reivindicar a Calvino como su gran reformador. Se levantaron después estatuas de Servet a un lado y otro de la frontera franco-suiza, honrando su memoria como mártir de la libertad de conciencia.

La estatua de Miguel Servet en la colina de Champel (Ginebra), inaugurada en 2011 junto a la estela expiatoria de 1903, en el lugar donde ardió la hoguera. Está fundida en Aragón a partir del molde original de la escultora ginebrina Clotilde Roch, el mismo que se empleó para la estatua de Zaragoza (2004); no es copia de la actual estatua de Annemasse, que es una reconstrucción de 1960 hecha con otro molde. Fotografía de Alexey M. (CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons).
La estatua de Miguel Servet en la colina de Champel (Ginebra), inaugurada en 2011 junto a la estela expiatoria de 1903, en el lugar donde ardió la hoguera. Está fundida en Aragón a partir del molde original de la escultora ginebrina Clotilde Roch, el mismo que se empleó para la estatua de Zaragoza (2004); no es copia de la actual estatua de Annemasse, que es una reconstrucción de 1960 hecha con otro molde. Fotografía de Alexey M. (CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons).

Una de ellas, la de bronce erigida en Annemasse, en la Francia ocupada, tuvo un final acorde con la vida del personaje. En 1941, el régimen colaboracionista de Vichy y las fuerzas de ocupación nazis la mandaron retirar y fundir. El símbolo del hombre quemado por defender la libertad de pensar fue, a su vez, destruido por el totalitarismo. La Resistencia respondió colocando en el pedestal vacío una corona con una inscripción que rezaba así: «A Miguel Servet, la primera víctima del fascismo». No hablaba del Servet histórico, muerto siglos antes de que el fascismo existiera, sino del ataque contra su memoria, de quienes también en aquel entonces pretendían exterminar a quien blandiera ideas que no fueran las suyas. Cuatro siglos después de Champel, seguía siendo incómodo. Y volvían a quemarlo.

La estatua de Miguel Servet en la plaza del Ayuntamiento de Annemasse, obra de la escultora ginebrina Clotilde Roch (1908). El bronce que hoy puede verse es la reconstrucción de 1960: el original fue fundido en 1941 por el régimen de Vichy y la ocupación nazi. Fotografía de Locum io (2008, dominio público, Wikimedia Commons).
La estatua de Miguel Servet en la plaza del Ayuntamiento de Annemasse, obra de la escultora ginebrina Clotilde Roch (1908). El bronce que hoy puede verse es la reconstrucción de 1960: el original fue fundido en 1941 por el régimen de Vichy y la ocupación nazi. Fotografía de Locum io (2008, dominio público, Wikimedia Commons).

¿Y qué pasó con la circulación pulmonar?

La idea médica tardó apenas unos años en reaparecer, pero el nombre de Servet como su autor permaneció bajo tierra más de un siglo.

La descripción de la circulación pulmonar volvió a la imprenta enseguida, aunque despojada de su firma. En 1556, solo tres años después de la hoguera, el anatomista español Juan Valverde de Amusco la expuso en su Historia de la composición del cuerpo humano sin mencionar a Servet. Y en 1559 hizo lo propio su maestro, el italiano Realdo Colombo, en De re anatomica, también sin mencionar a Servet; llama la atención que fuera el discípulo quien se adelantara en publicarlo por escrito, aunque ambos omitieran al aragonés.

Hay quien argumenta que ese saber anatómico estaba mucho más difundido de lo que se cree. Hoy sabemos que tres siglos antes, el médico árabe Ibn al-Nafis ya la había descrito, aunque su obra no llegó a circular por la Europa del Renacimiento y parece poco probable que Servet conociera su existencia (de cualquier modo, eso no resta mérito alguno al médico árabe, primer descubridor de la circulación pulmonar).

Parece plausible, por tanto, que Valverde y Colombo pudieran llegar a ese descubrimiento por su cuenta, aunque el hecho de que Colombo copiara pasajes de Servet al pie de la letra no parece apoyar la idea de la independencia de su descubrimiento. Por otra parte, y rompiendo una lanza en favor de su honestidad, visto lo que le había pasado al indómito aragonés, tampoco podían arriesgarse a citar a un hereje quemado cuya obra había sido prohibida.

Para que el mundo médico le devolviera a Servet la paternidad del hallazgo hubo que esperar hasta 1694, más de ciento cuarenta años después de Champel. Ese año el erudito inglés William Wotton reprodujo el famoso pasaje en sus Reflections upon Ancient and Modern Learning, y poco después, hacia 1705, el propio Leibniz lo leyó en uno de los contados ejemplares que habían escapado a las llamas. Solo entonces el aragonés empezó a figurar con su nombre en la historia de la medicina.

La herejía que ganó

Perdió todos los juicios, todas las hogueras, todos los debates de su tiempo. Lo condenaron los dos poderes, enemistados entre sí hasta la muerte, que se repartían Europa y no le quedó un solo aliado que se atreviera a defenderlo en voz alta. Y sin embargo, la herejía por la que murió, la de que a nadie debe quemarse por discrepar sobre una lectura de la Biblia, es hoy uno de los pilares morales de Occidente. Y su descubrimiento sobre la circulación pulmonar sirvió para cimentar la medicina moderna.

Sus cenizas se esparcieron en la colina de Champel y sus libros ardieron con él, hasta el punto de que de la Christianismi Restitutio apenas sobrevivieron tres ejemplares en todo el mundo, hoy custodiados en Viena, París y Edimburgo. Quisieron borrarlo del todo, hombre y obra, y solo consiguieron convertirlo en lo que más temían: un mártir.

Miguel Servet en el arte: pintura, televisión, ópera y cómic

Las estatuas no fueron las únicas encargadas de guardar su memoria. Al hombre que perdió todos los juicios de su tiempo lo han ido rehabilitando, siglo a siglo, los pinceles, las cámaras y hasta los escenarios de ópera.

La pintura lo adoptó pronto. En 1861, el pintor alemán Theodor Pixis llevó al óleo el episodio más novelesco del proceso en «La última conversación de Calvino con Servet en la mazmorra» (Pfalzgalerie de Kaiserslautern): un Calvino sereno baja al calabozo a ofrecerle la abjuración y Servet, encadenado, se la niega. Hacia 1906, Veloso Salgado lo situó entre los grandes médicos del Renacimiento, en compañía de Vesalio y Paré, en el mural que preside la sala de actos de la Facultad de Medicina de la Universidad NOVA de Lisboa.

«La medicina del Renacimiento» (h. 1906), mural de Veloso Salgado en la sala de actos de la Facultad de Medicina de la Universidad NOVA de Lisboa. Miguel Servet es la figura de barba oscura y capa verdosa que sostiene un libro, a la izquierda; en el centro, Vesalio despliega una lámina anatómica. Imagen de dominio público (Wikimedia Commons).
«La medicina del Renacimiento» (h. 1906), mural de Veloso Salgado en la sala de actos de la Facultad de Medicina de la Universidad NOVA de Lisboa. Miguel Servet es la figura de barba oscura y capa verdosa que sostiene un libro, a la izquierda; en el centro, Vesalio despliega una lámina anatómica. Imagen de dominio público (Wikimedia Commons).

El pincel más célebre que lo ha pintado es, sin embargo, mexicano. En 1944, nada menos que Diego Rivera pintó los frescos de «La historia de la cardiología» para el recién inaugurado Instituto Nacional de Cardiología de México, y quiso que el primer panel entero ardiera: una hoguera lo recorre de abajo arriba y baña de rojo a los sabios del corazón, con Servet y sus escritos entre las llamas. La cardiología tiene su mártir, y Rivera le dio el lugar de honor. El mural sigue con derechos de autor vigentes, así que no se reproduce aquí: puede verse (junto con su análisis completo) en este artículo de Enrique Soto Pérez de Celis.

La televisión española le dedicó una superproducción de época: la miniserie de TVE «Miguel Servet, la sangre y la ceniza» (1989), dirigida por José María Forqué a partir de la obra de teatro de Alfonso Sastre, con Juanjo Puigcorbé en la piel del aragonés y José Luis Pellicena en la de Calvino. Se rodó en escenarios aragoneses, del palacio de la Aljafería (antigua sede de la Inquisición en Zaragoza) al castillo de Loarre, y podéis ver sus siete capítulos, gratis, en RTVE Play.

También la ópera ha vuelto sobre el proceso: Le Procès de Michel Servet («El proceso de Miguel Servet»), de la compositora australiana Shauna Beesley con libreto de Jean-Claude Humbert, se estrenó en Ginebra en octubre de 2011, el mismo año en que la ciudad devolvía la estatua de Servet a la colina de Champel. No hay grabación completa, pero sí este vídeo de la producción que, aunque está en francés, incluye algunos fragmentos de la ópera:

Y el papel no se ha quedado atrás. Stefan Zweig contó el pulso entre Castellión y Calvino, con la hoguera de Servet al fondo, en su ensayo «Castellio contra Calvino» (1936); el historiador José Luis Corral noveló el proceso en «El médico hereje» (2013); y Antonio Orejudo lo convirtió en personaje de su novela «Reconstrucción» (2005). Desde 2023 existe hasta un cómic, «Servet», del guionista Javier Marquina y el dibujante Roberto García Peñuelas, con el hereje encadenado en portada, sentado sobre una pila de sus libros, trono y pira a la vez (los enlaces de los títulos llevan a Amazon).

Fuentes y para saber más