Miguel Servet (1509/1511 – 1553), Miguel Serveto de apellido y Michael Servetus en los libros en inglés, fue el médico y teólogo aragonés que describió por primera vez en Europa la circulación pulmonar, y al que quemaron vivo en Ginebra el 27 de octubre de 1553 por negar la Trinidad. Su condena tiene un mérito casi inédito entre los herejes: puso de acuerdo a católicos y protestantes, que en pleno siglo XVI se mataban unos a otros, simplemente porque interpretan de formas distintas la Biblia. Lo quemó la Inquisición católica en efigie y lo quemó la Ginebra calvinista en carne y hueso, y detrás de ambas hogueras se cierne la sombra del mismo hombre, Juan Calvino. Además de lo ya mencionado en cuanto a los motivos de tan cruel castigo, para más inri (nunca mejor dicho), lo quemaron, entre otras cosas, por defender que no se quemara a los herejes.

Qué descubrió Miguel Servet (y qué herejía escribió en el mismo libro)

Retrato grabado de Miguel Servet, obra del alemán Christian Fritzsch (h. 1740). Como todos los que circulan, es posterior a su muerte: no se conserva ningún retrato hecho en vida. En la esquina superior izquierda, el grabador añadió en miniatura su ejecución en la hoguera.
Retrato grabado de Miguel Servet, obra del alemán Christian Fritzsch (h. 1740). Como todos los que circulan, es posterior a su muerte: no se conserva ningún retrato hecho en vida. En la esquina superior izquierda, el grabador añadió en miniatura su ejecución en la hoguera.

Nacido en Villanueva de Sijena (Huesca), Servet fue una de esas cabezas del Renacimiento que tocaban todas las disciplinas, y hoy lo recordamos sobre todo por un hallazgo: la circulación pulmonar, el recorrido de la sangre desde el corazón hasta los pulmones, donde se airea, y de vuelta al corazón. Mas no lo publicó en un tratado de anatomía, sino enterrado en un libro de teología, la Christianismi Restitutio («Restitución del cristianismo»), impreso en secreto en 1553. Algo, por otra parte, no tan raro en la época, pues al fin y al cabo la religión impregnaba todos los aspectos de la sociedad.

En ese mismo libro, Servet negaba de plano la Trinidad y el bautismo de los niños. Su Cristo era divino, pero no eterno como el Padre, y lo que anhelaba era volver al cristianismo de antes del concilio de Nicea, antes de que se fijaran los dogmas. Católicos y protestantes, que en casi todo lo demás discrepaban, compartían esos dos pilares. Así, el descubrimiento que habría bastado para hacerlo famoso, quedó eclipsado tras la herejía que iba a llevarlo a la pira.

La primera hoguera: Vienne, con los papeles de Calvino

Cuando se imprimió el libro, Servet vivía en Vienne, en Francia, bajo nombre falso, Michel de Villeneuve, y ejercía de médico. Llevaba años carteándose con Calvino, el reformador que imponía su disciplina religiosa en Ginebra: le discutía la doctrina punto por punto, le había mandado un manuscrito de su obra y le devolvía sus libros corregidos al margen. Calvino se lo tomó como una afrenta personal, y en 1546 se lo dejó claro a su colaborador Guillaume Farel:

Si viene, y algo vale mi autoridad, no consentiré que salga vivo.

— Juan Calvino, carta a Guillaume Farel (13 de febrero de 1546)

Siete años después, en febrero de 1553, un amigo de Calvino refugiado en Ginebra, el comerciante Guillaume de Trie, denunció a «Villeneuve» en una carta a su primo Antoine Arneys, católico de Lyon. Cuando la Inquisición le pidió pruebas, Trie se las mandó: las cartas que Servet había escrito a Calvino y páginas de su manuscrito, que guardaba el propio Calvino. ¿Cómo las había obtenido? Los historiadores todavía discuten cuánto de aquella denuncia fue dictada por Calvino.

Servet fue arrestado en abril y se fugó de la cárcel a los pocos días, así que el 17 de junio de 1553 los inquisidores tuvieron que conformarse con quemar un muñeco que lo representaba, junto a sus libros. Fue su primera quema, la de la efigie.

Ginebra, o la ley que encarcelaba al denunciante

En su huida, Servet cometió un error que nadie ha sabido explicar: se detuvo en Ginebra, quizá de paso hacia Italia. El 13 de agosto lo reconocieron en una iglesia, asistiendo a un sermón, y lo detuvieron.

Retrato de Juan Calvino, el reformador que llevó a Miguel Servet a la hoguera de Ginebra. Óleo de un pintor francés anónimo (h. 1550), Museum Catharijneconvent, Utrecht.
Retrato de Juan Calvino, el reformador que llevó a Miguel Servet a la hoguera de Ginebra. Óleo de un pintor francés anónimo (h. 1550), Museum Catharijneconvent, Utrecht.

Acusarlo, sin embargo, tenía un precio. La ley de la ciudad, de raíz germánica, tenía una cautela contra las denuncias falsas: quien acusara a otro de un delito capital entraba en prisión con el acusado y se arriesgaba a su misma pena si no probaba los cargos. Calvino, que ni siquiera tenía la ciudadanía ginebrina, no iba a jugarse el cuello. Se jugó el de su secretario, Nicolas de la Fontaine, que firmó la acusación y entró en la cárcel mientras Calvino redactaba desde fuera los cargos teológicos.

Servet, lejos de rendirse, le dio la vuelta a esa misma ley: si el acusador en falso debía sufrir la pena del acusado, que encerraran a Calvino y lo juzgaran a él. El Consejo que gobernaba la ciudad lo rechazó de plano. Tampoco le sirvió su otro alegato, que los primeros cristianos zanjaban sus disputas sin tribunales y que incluso bajo el emperador Constantino al hereje se le desterraba, nunca se le mataba. El fiscal Rigot vio en ello un peligro político, el de dejar al magistrado sin potestad para castigar la herejía. Al parecer, en la Ginebra de Calvino, pedir que no se ejecutara a los herejes era otra herejía más que añadir a la condena.

La hoguera de Champel y las últimas palabras de Servet

Lo condenaron a la hoguera, y el 27 de octubre de 1553 lo llevaron a la colina de Champel, a las afueras de Ginebra, con un ejemplar de la Christianismi Restitutio atado al cuerpo para que ardieran juntos pecador y pecado. La leña estaba verde, húmeda, y en lugar de matarlo deprisa lo fue torturando durante cerca de media hora. Farel, mano derecha de Calvino, asistía al tormento no para consolarlo, sino para arrancarle una retractación.

La ejecución de Miguel Servet en Ginebra, grabado francés anónimo del siglo XIX: Servet, atado al poste sobre la pira, entre el humo, ante soldados a caballo y la multitud. Es una recreación imaginada, muy posterior a los hechos, que traslada la hoguera de la colina de Champel a una calle de la ciudad.
La ejecución de Miguel Servet en Ginebra, grabado francés anónimo del siglo XIX: Servet, atado al poste sobre la pira, entre el humo, ante soldados a caballo y la multitud. Es una recreación imaginada, muy posterior a los hechos, que traslada la hoguera de la colina de Champel a una calle de la ciudad.

Entre las llamas, Servet gritó: «¡Jesús, Hijo del Dios eterno, ten piedad de mí!». Farel le exigió que dijera «Jesús, Hijo eterno de Dios». Parece una minucia, y no lo era: «Hijo del Dios eterno» dejaba la eternidad en el Padre; «Hijo eterno de Dios» se la daba también al Hijo, es decir, afirmaba la Trinidad que Servet negaba. Hubiera bastado con mover un adjetivo de sitio para morir en paz. Servet no lo movió, y sostuvo su herejía hasta el último aliento. Fue su segunda quema, la del hombre y su obra.

«Matar a un hombre no es defender una doctrina»

La hoguera no cerró el asunto; lo abrió. Calvino acababa de hacer, en nombre de la Reforma, lo mismo que la Reforma le reprochaba a Roma, y al año siguiente publicó un escrito para justificar que el magistrado cristiano castigara la herejía con la muerte. Le respondió ese mismo 1554 Sebastián Castellión (1515 – 1563), un humanista que había sido colaborador suyo antes de romper con él, en un libelo que no llegaría a la imprenta hasta 1612:

Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre.

— Sebastián Castellión, «Contra el libelo de Calvino» (escrito en 1554, publicado en 1612)

Hoy parece una perogrullada. En 1554, escribir algo así era una osadía que podía costar la vida.

La tercera hoguera: la estatua que fundieron los nazis

La tercera quema tardó casi cuatro siglos en llegar, y la prendió otra clase de fanatismo. Para entonces, hasta Ginebra había cambiado de bando: en 1903 los propios calvinistas levantaron en Champel un monumento expiatorio que admitía, con cautela, «un error que fue el de su siglo», y alzaron estatuas de Servet a sendos lados de la frontera.

Una de ellas, la de bronce que la escultora ginebrina Clotilde Roch hizo para Annemasse, en Francia, tuvo un final acorde con la vida del personaje: en 1941, el régimen de Vichy y la ocupación nazi la mandaron fundir. La Resistencia colocó en el pedestal vacío una corona con una inscripción: «A Miguel Servet, la primera víctima del fascismo». El Servet de carne y hueso había muerto siglos antes de que existiera el fascismo; la corona hablaba de quienes, también entonces, querían exterminar a quien pensara distinto.

Estatua de Miguel Servet en Annemasse (Francia), de Clotilde Roch. El bronce original de 1908 lo fundieron en 1941 el régimen de Vichy y la ocupación nazi; el que se ve es la reconstrucción de 1960. Fotografía de Locum io (2008, dominio público, Wikimedia Commons).
Estatua de Miguel Servet en Annemasse (Francia), de Clotilde Roch. El bronce original de 1908 lo fundieron en 1941 el régimen de Vichy y la ocupación nazi; el que se ve es la reconstrucción de 1960.Fotografía de Locum io (2008, dominio público, Wikimedia Commons).

¿Y qué pasó con su descubrimiento?

Volvamos a 1553: con los libros ardió también la firma. De la Christianismi Restitutio sobrevivieron tres ejemplares, hoy en Viena, París y Edimburgo, y la circulación pulmonar volvió a la imprenta muy pronto, pero sin el nombre de Servet. La publicaron en 1556 el anatomista español Juan Valverde de Amusco y en 1559 su maestro, el italiano Realdo Colombo, que probablemente llegó a ella por su cuenta, diseccionando animales vivos. Pero vale a pesar del martirio de Servet, en honor a la verdad conviene huir del eurocentrismo y darle crédito a quien realmente parece ser su verdadero descubridor, el médico árabe Ibn al-Nafis, que la había descrito tres siglos antes, aunque su obra no circuló por la Europa del Renacimiento.

De cualquier modo, a Servet no se le reconoció su mérito hasta 1694, de la mano del escritor inglés William Wotton en sus Reflections upon Ancient and Modern Learning («Reflexiones sobre el saber antiguo y moderno»).

Miguel Servet en el arte y en la televisión

Hacia 1906, el pintor portugués Veloso Salgado lo sentó entre los grandes médicos del Renacimiento, junto a Vesalio, en el mural de la sala de actos de la Facultad de Medicina de la Universidad NOVA de Lisboa.

«La medicina del Renacimiento» (h. 1906), mural de Veloso Salgado en la Facultad de Medicina de la Universidad NOVA de Lisboa. Miguel Servet es la figura de barba oscura y capa verdosa que sostiene un libro, a la izquierda; en el centro, Vesalio despliega una lámina anatómica. Dominio público (Wikimedia Commons).
«La medicina del Renacimiento» (h. 1906), mural de Veloso Salgado en la Facultad de Medicina de la Universidad NOVA de Lisboa. Miguel Servet es la figura de barba oscura y capa verdosa que sostiene un libro, a la izquierda; en el centro, Vesalio despliega una lámina anatómica.Dominio público (Wikimedia Commons).

Casi cuarenta años después, en 1944, Diego Rivera pintó los frescos de «La historia de la cardiología» para el recién inaugurado Instituto Nacional de Cardiología de México, y quiso que el primero ardiera: una hoguera sube por todo el lado izquierdo del panel y baña de rojo a los sabios del corazón, con Servet y sus escritos entre las llamas.

La televisión española le dedicó en 1989 la miniserie «Miguel Servet, la sangre y la ceniza», dirigida por José María Forqué a partir de la obra de teatro de Alfonso Sastre, con Juanjo Puigcorbé como Servet; sus siete capítulos pueden verse gratis en RTVE Play. Y si preferís el papel, Stefan Zweig contó el pulso entre Castellión y Calvino en su ensayo «Castellio contra Calvino» (1936), el historiador José Luis Corral noveló el proceso en «El médico hereje» (2013) y desde 2023 existe hasta un cómic, «Servet», del guionista Javier Marquina y el dibujante Roberto García Peñuelas.

La herejía que ganó

Perdió todos los juicios, todas las hogueras y todos los debates de su tiempo. Lo condenaron los dos poderes que se repartían Europa y no le quedó un solo aliado que se atreviera a defenderlo públicamente. Y sin embargo, la herejía por la que murió, que a nadie debe quemarse por discrepar sobre qué debe entenderse realmente de ciertos pasajes de la Biblia, es hoy uno de los pilares morales de Occidente. Quisieron borrarlo del todo, hombre y obra, y solo consiguieron convertirlo en lo que más temían: un mártir.

Fuentes y para saber más