Hubo un tiempo en el que las lobotomías se extendieron por el mundo como una epidemia. Un tiempo, hace tan solo un puñado de décadas, en el que semejante técnica, más propia de la tortura que de la ciencia, se consideraba medicina de vanguardia. Todo empezó con un tipo sin formación alguna como cirujano, que introducía un picahielos por encima del globo ocular de sus pacientes y, tras atravesar el hueso de la cuenca con un golpe de mazo, movía el instrumento a ciegas, hasta segar algunas conexiones del cerebro. Ese tipo se llamaba Walter Freeman, y llegó a aplicar este método de tortura procedimiento a más de tres mil personas.

Antes de descartar aquello como una monstruosidad de otro siglo, una cifra: solo en Estados Unidos se practicaron entre 40.000 y 50.000 lobotomías. No fue el capricho de un charlatán, sino una técnica avalada por academias científicas y publicada en las revistas médicas más prestigiosas. El neurólogo portugués que la ideó, António Egas Moniz, recibiría por ello el Premio Nobel y, a pesar de haber quedado más que demostrado lo dañino de la técnica, nunca le retiraron el galardón.

El neurólogo que no podía sostener el bisturí

António Egas Moniz en su despacho (1918), fotografía de autor anónimo. Archivo Municipal de Lisboa.
António Egas Moniz en su despacho (1918), fotografía de autor anónimo. Archivo Municipal de Lisboa.

La primera leucotomía prefrontal de la historia (el nombre que Moniz dio a su técnica, y que en Estados Unidos acabaría llamándose lobotomía) se practicó el 12 de noviembre de 1935, en el Hospital de Santa Marta de Lisboa. La idea era de Egas Moniz, pero la ejecutó otro hombre, el neurocirujano Pedro Almeida Lima, porque Moniz era incapaz de llevarla a cabo. La gota, la enfermedad reumática que deforma las articulaciones, había afectado sus manos hasta el punto de impedirle sostener el instrumental quirúrgico con la precisión necesaria.

Moniz partía de una intuición tan simple (por no decir simplista) como temeraria: si buena parte del sufrimiento mental nacía en los lóbulos frontales del cerebro, bastaría con cortar, literalmente, sus conexiones para eliminar dicho sufrimiento. La técnica primigenia consistía en taladrar el cráneo e inyectar etanol puro en la sustancia blanca para destruir las fibras nerviosas. Más tarde diseñaron el «leucótomo», un estilete rematado por un lazo de acero retráctil que cortaba fragmentos cilíndricos de tejido cerebral. Cortadas esas conexiones, el paciente perdía la angustia, pero también buena parte de lo que lo hacía él mismo, de lo que conformaba su personalidad. Los lóbulos frontales gobiernan el juicio, la voluntad y la vida afectiva, y quien pasaba por el quirófano solía quedar apático y embotado, presente pero apagado. Tras solo veinte pacientes, Moniz se apresuró a presentar los resultados como un gran éxito.

Y lo peor de todo: el mundo médico lo creyó. En 1949, Egas Moniz recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina «por su descubrimiento del valor terapéutico de la leucotomía en ciertas psicosis», compartido con Walter Rudolf Hess. Décadas después, cuando el horror del procedimiento ya era evidente, y decenas de miles de personas de todo el mundo habían visto mermadas sus capacidades más básicas, los familiares de las víctimas reclamaron a la Fundación Nobel que retirara el galardón. La respuesta fue siempre la misma: los premios no se revocan.

Walter Freeman lleva la técnica a Estados Unidos

Moniz tuvo la idea, pero quien la extendió hasta convertirla en epidemia fue un neurólogo estadounidense obsesionado con incrementar la escala de semejante hallazgo. Walter Freeman había llevado la técnica portuguesa a Estados Unidos junto al neurocirujano James Watts: el 14 de septiembre de 1936, en el George Washington University Hospital, ambos operaron a Alice Hood Hammatt, una paciente de 63 años con depresión grave e insomnio. Fue, según el criterio por el que se medían los resultados de las lobotomías, un éxito. A buen seguro la respuesta de sus allegados hubiera sido diferente.

Pero Freeman no quedó satisfecho. Y no porque la paciente quedase sumida en una apatía más propia de un zombi vegetariano que de una persona, sino porque aquellas primeras lobotomías prefrontales clásicas exigían quirófano, anestesia general, trépanos en el cráneo y la destreza de un cirujano. Él quería algo más rápido y barato, susceptible de ser replicado en serie. Pero sigamos un poco más con las primeras intervenciones tradicionales, aquellas que todavía se efectuaban en un quirófano.

Walter Freeman y James W. Watts en el quirófano, fotografiados por Harris A. Ewing para «The Saturday Evening Post» (24 de mayo de 1941). Un espejo colocado sobre la mesa de operaciones refleja la intervención en curso.
Walter Freeman y James W. Watts en el quirófano, fotografiados por Harris A. Ewing para «The Saturday Evening Post» (24 de mayo de 1941). Un espejo colocado sobre la mesa de operaciones refleja la intervención en curso.

En 1941 llegó a su consulta una paciente que pasaría a la historia por motivos muy distintos: la hermana de un futuro presidente de Estados Unidos.

El caso Rosemary Kennedy

En noviembre de 1941, con 23 años recién cumplidos, Rosemary Kennedy, hermana del futuro presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy, fue operada por Freeman y Watts con el mismo procedimiento prefrontal que a Hammatt cinco años antes: trépano, anestesia general y el bisturí en manos de Watts, no de Freeman. La intervención la había solicitado en secreto su padre, Joseph P. Kennedy Sr., harto de los arranques de ira y la conducta imprevisible de una hija que había nacido con un leve retraso cognitivo. Temía que su rebeldía, y sobre todo su sexualidad, mancharan las ambiciones políticas de la familia.

El resultado fue catastrófico. Rosemary quedó con la edad mental de una niña de dos años, incontinente, incapaz de caminar con soltura y reducida a balbucear palabras sueltas. La recluyeron de inmediato en el centro religioso St. Coletta, en Jefferson (Wisconsin), y allí permaneció oculta del mundo durante décadas. Su padre prohibió que se pronunciara su nombre en las reuniones familiares. Su madre, Rose Kennedy, no fue a visitarla hasta veinte años después de la operación. Tremenda familia.

Pasarían aún otros cinco años antes de que Freeman resolviera, a su manera, la dependencia del quirófano que tanto le pesaba.

Walter Freeman y la lobotomía transorbital

En 1946 encontró la manera de saltarse todas esas trabas quirúrgicas. El 17 de enero operó por su cuenta a Sallie Ellen Ionesco, de 29 años, en su propia consulta de Washington D. C. No hubo quirófano ni anestesista. En su lugar, Freeman le aplicó dos o tres descargas de electrochoque en las sienes, que le provocaron una convulsión y la dejaron inconsciente unos minutos. Aprovechó ese paréntesis para introducir el instrumento por la cuenca del ojo. El primer prototipo lo había sacado del cajón de la cocina de su casa: era un picahielos. Antes de probarlo en personas vivas, había ensayado la perforación durante días en pomelos y en cadáveres de la morgue, calculando la fuerza justa del golpe.

Instrumental de lobotomía Watts-Freeman, con la caja inscrita por el propio Walter Freeman. Wellcome Collection, Londres, CC BY 4.0.
Instrumental de lobotomía Watts-Freeman, con la caja inscrita por el propio Walter Freeman. Wellcome Collection, Londres, CC BY 4.0.

Así nació la lobotomía transorbital, la del «picahielos». Diez minutos, sin puntos, sin quirófano, sin cirujano. Freeman la vendía como un mero trámite, y llegó a defender que la operación producía una «infancia inducida quirúrgicamente», una etapa que, según él, el paciente debía atravesar para reconstruir su personalidad.

Lo que aquella cirugía pretendía “curar”, en palabras del propio Freeman y de Watts, era un catálogo asombrosamente amplio pero vago de dolencias: la preocupación, el recelo, la ansiedad, el insomnio, la tensión nerviosa, la depresión, etc. Con semejante criterio casi cualquier mal tenía cabida.

La ruptura con James Watts

No todos sus colegas se dejaron arrastrar. James Watts, el neurocirujano titulado que había firmado con él la primera lobotomía americana, veía en la técnica transorbital una línea que no estaba dispuesto a cruzar. Operar a ciegas, sin campo estéril, sin el instrumental de un neurocirujano y en una consulta cualquiera le parecía indefendible, tanto por lo médico como por lo ético. En 1947 rompió la sociedad profesional con Freeman, aunque su firma siguió apareciendo en los trabajos que ya tenían comprometidos hasta 1950. Watts se apartó; Freeman siguió adelante solo.

El niño Howard Dully

En 1960, Howard Dully tenía 12 años y no padecía psicosis alguna. Su madrastra, Lou Dully, lo describía como un niño desobediente y rebelde, e insistió a Freeman hasta convencerlo de operar al chico. Freeman firmó el diagnóstico que necesitaba, una supuesta esquizofrenia infantil que, según él, arrastraba desde los cuatro años, y el 16 de diciembre le practicó la lobotomía transorbital en el Doctors General Hospital de San José, California.

Dully sobrevivió al picahielos, pero cargó el resto de su vida con las secuelas de aquel día. En 2007 publicó sus memorias y sacó a la luz la impunidad con que Freeman había actuado:

Si me vierais, jamás sabríais que me sometieron a una lobotomía. Pero siempre me he sentido diferente, preguntándome si falta algo en mi alma.

— Howard Dully, «My Lobotomy» (2007)

Las cuentas de una epidemia

Una lobotomía en curso en el Södersjukhuset de Estocolmo (1949), fotografiada por Lennart Nilsson.
Una lobotomía en curso en el Södersjukhuset de Estocolmo (1949), fotografiada por Lennart Nilsson.

Rosemary Kennedy y Howard Dully son solo dos nombres entre decenas de miles. En Estados Unidos se practicaron entre 40.000 y 50.000 lobotomías, y el propio Freeman firmó entre 3.400 y 4.000 de ellas. En el Reino Unido se calculan otras 20.000. Y no todos salían vivos: la propia operación mataba a una parte de los pacientes, por hemorragias cerebrales o infecciones, en una proporción que los manicomios rara vez anotaban con honestidad. Detrás de las cifras hay además un patrón que denota el machismo más rancio y cruel: los estudios de género sobre los registros históricos de Suecia y de varias instituciones estadounidenses coinciden en que entre el 60 % y el 84 % de los operados fueron mujeres. Sobre ellas pesaba una vara de medir propia. Muchos psiquiatras anotaban en sus informes que la operación había sido un éxito si la paciente volvía a ser dócil, cocinaba bien y obedecía a su marido. Vamos, si se convertía en una mujer completamente sumisa. La cirugía que prometía curar la mente servía, en la práctica, para devolver al hogar a las amas de casa depresivas, insumisas o etiquetadas de «histéricas». Afectar al intelecto, a la psicomotricidad o incluso a la voluntad de las mujeres se consideraba un efecto secundario aceptable.

El sistema psiquiátrico estadounidense de posguerra explica en buena medida esta epidemia. Los manicomios estatales guardaban a miles de internos en condiciones de hacinamiento imposible, y la lobotomía ofrecía una salida barata: un paciente abotargado de por vida necesitaba menos vigilancia y abarataba el presupuesto.

El lobotomóvil

Freeman no esperaba a que los pacientes acudieran a él: salía a buscarlos. Recorrió el país en su propio vehículo para plantarse en manicomios estatales saturados y sin medios y montar allí sus demostraciones en cadena, en salas de curas corrientes. No operaba dentro del coche, como a veces se cuenta. El apodo con el que ha pasado a la historia, el «lobotomóvil», tampoco se lo pusieron sus críticos de la época: lo acuñó el divulgador David Shutts en un libro de 1982, diez años después de su muerte. De cualquier modo, lo que sí es cierto es que con su método de diez minutos llegó a intervenir hasta 25 pacientes en un solo día.

La caída: la lobotomía química

Lo que ninguna campaña ética logró frenar del todo lo desmontó un frasco de pastillas. En diciembre de 1951, los laboratorios franceses Rhône-Poulenc sintetizaron la clorpromazina; los psiquiatras Jean Delay y Pierre Deniker publicaron su eficacia clínica en 1952, y en 1954 la FDA autorizó su venta en Estados Unidos con el nombre comercial de Thorazine. El fármaco calmaba los delirios y la agitación sin abrir el cráneo y, sobre todo, sin destruir nada de forma irreversible: bastaba con dejar de administrarlo para que el paciente recuperase su personalidad. Las instituciones psiquiátricas abandonaron en masa el bisturí y el picahielos. En la prensa médica no tardó en aparecer un apodo para el fármaco: «la lobotomía química». Se cambiaba una mutilación permanente por una sedación reversible. Muy lejos de ser óptimo, y de nuevo se le puede achacar lo mismo que se le suele criticar a gran parte de la psiquiatría: atacar los síntomas en lugar de las causas. Aun así, algo es algo, supongo.

El final de Walter Freeman

Freeman no se rindió con la llegada de las pastillas. Siguió operando y siguió recorriendo el país, ahora en una autocaravana, empeñado en visitar a antiguos pacientes para demostrar que su método los había transformado para bien. El desenlace llegó en febrero de 1967: Helen Mortensen, a la que ya había lobotomizado dos veces, murió a los pocos días de una hemorragia cerebral tras la tercera intervención. Fue la última que practicó. El hospital que aún le permitía operar le retiró el permiso, y con ello se cerró de golpe una dantesca carrera de más de tres mil lobotomías. Freeman murió de cáncer en 1972, convencido hasta el final de haber hecho el bien. El cementerio está lleno de buenas intenciones.

La lobotomía a través del arte

Mucho antes de que Freeman llenara el depósito de su lobotomóvil, la pintura ya se había asomado a la charlatanería médica y al desamparo de los enfermos mentales:

Extracción de la piedra de la locura, de Hieronymus Bosch, El Bosco (c. 1501 – 1505). Museo Nacional del Prado, Madrid.
Extracción de la piedra de la locura, de Hieronymus Bosch, El Bosco (c. 1501 – 1505). Museo Nacional del Prado, Madrid.

Si hablamos de representar los misterios de la mente humana, no podía faltar una obra de El Bosco. En este cuadro aparece un cirujano coronado con un embudo. Desconozco el significado o si se trata de una representación fidedigna de los galenos del siglo XVI, pero hoy se nos antoja casi caricaturesco.

Este lumbreras charlatán extrae de la frente de un paciente lo que debería ser una piedra (la locura) y que en realidad es un bulbo de flor (¿tal vez la imaginación?), o dicho de otra forma: la promesa de curar la necedad con un tajo. Lo que dudo que llegara a cuidar es la credulidad de quien se dejaba abrir la cabeza con semejantes medios.

A Rake's Progress, lámina 8: «La escena en Bedlam», grabado de William Hogarth (1735).
A Rake's Progress, lámina 8: «La escena en Bedlam», grabado de William Hogarth (1735).

Hogarth muestra al protagonista de este grabado encadenado y ausente en el manicomio de Bethlem, mientras dos damas elegantes pasean observando la locura como quien visita una feria. Las pinturas originales de la serie, de 1734, se conservan en el Sir John Soane’s Museum de Londres; esta estampa reproduce la misma composición.

Casa de locos, de Francisco de Goya (c. 1812 – 1819). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.
Casa de locos, de Francisco de Goya (c. 1812 – 1819). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

El inconmensurable Goya retrató hombres semidesnudos y encadenados bajo una luz cavernosa: el almacén psiquiátrico que la psicocirugía prometería vaciar.

La monomanía de la envidia, de Théodore Géricault (c. 1822). Museo de Bellas Artes de Lyon.
La monomanía de la envidia, de Théodore Géricault (c. 1822). Museo de Bellas Artes de Lyon.

Cierra el recorrido un viejo conocido del blog. Géricault pintó, por encargo del psiquiatra Étienne-Jean Georget, una serie de retratos de enfermos de la Salpêtrière: la enfermedad mental mirada de frente y sin caricatura.

Un paso atrás

No es la primera vez que la ciencia da un paso en falso, ni será la última. Sin embargo, en este caso, lo que más incomoda no es el picahielos, ni el lobotomóvil, ni la evidente falta de rigor en los estudios médicos de los pacientes. Lo que verdaderamente produce escalofríos es que nada de aquello se hizo a escondidas. Se hizo bajo deslumbrantes focos mediáticos, con la fanfarria de prestigiosos congresos, y argumentado en sesudos artículos. Y por supuesto, con toda la pátina de un Premio Nobel. Mientras tanto, decenas de miles de personas perdían para siempre una parte de sí mismas. Egas Moniz murió con su medalla intacta, y ahí sigue, en la lista oficial de los grandes descubrimientos de la medicina. A veces la barbarie no llega disfrazada de crimen, sino de vanguardia.

Fuentes y para saber más