Atención: este artículo contiene imágenes que pueden herir la sensibilidad del lector.

Lizzie Borden took an axe and gave her mother forty whacks; when she saw what she had done she gave her father forty-one.

Lizzie Borden cogió un hacha y a su madre le dio cuarenta hachazos; cuando vio lo que había hecho, a su padre le dio cuarenta y uno.

Los niños estadounidenses llevan más de un siglo saltando a la comba con esta rima sobre Lizzie Borden, pero ¿qué hay de cierto en ella?

La mujer a la que mataron aquella mañana de agosto de 1892 era la madrastra de Lizzie, y en realidad recibió diecinueve golpes. Su padre, diez. Y Lizzie Borden, la supuesta autora del brutal crimen, salió del tribunal absuelta, se compró una mansión en el mejor barrio de la ciudad y murió en su cama treinta y cuatro años después.

Netflix ha convertido el caso en la cuarta temporada de su antología de asesinos, «Monstruo: La historia de Lizzie Borden», estrenada el 17 de septiembre de 2026. La serie da por hecho lo que un jurado se negó a dar por probado. La historia real es menos novelesca, y bastante más macabra.

Lizzie Borden hacia 1890, retrato de estudio de autor anónimo.
Lizzie Borden hacia 1890, retrato de estudio de autor anónimo.

Antes del crimen: una familia mal avenida

Andrew Jackson Borden, el padre de Lizzie, tenía setenta años cuando murió, una fortuna de unos trescientos mil dólares, según la prensa de la época, y fama de tacaño en todo Fall River, una ciudad industrial de Massachusetts. Vivía en una casa estrecha de Second Street, con su segunda esposa, Abby Durfee Gray, de sesenta y cuatro años, y con las dos hijas de su primer matrimonio, Emma, de cuarenta y uno, y Lizzie, de treinta y dos. Con ellos vivía también la criada irlandesa, Bridget Sullivan, a la que la familia llamaba Maggie.

La casa de los Borden en el 92 de Second Street, Fall River, fotografía de autor anónimo (1892).
La casa de los Borden en el 92 de Second Street, Fall River, fotografía de autor anónimo (1892).

Era de dominio público que Lizzie odiaba a su madrastra. Unos meses antes del crimen, cuando una modista llamó a Abby «su madre», la cortó en seco: «No la llame madre. Solo es mi madrastra, y es una vieja mezquina y odiosa». Las hermanas comían aparte, y la puerta entre el dormitorio de Lizzie y el del matrimonio estaba cerrada por los dos lados. Hubo también, como suele ocurrir en estos casos, dinero de por medio. Andrew había puesto una casa a nombre de la familia de Abby, y sus hijas exigieron el mismo trato. Consiguieron la casa en la que se habían criado, que le “compraron” a su padre por un dólar y le revendieron en julio de 1892 por cinco mil.

El 2 y el 3 de agosto enfermó toda la casa, con vómitos. Abby, convencida de que los habían envenenado, llegó a ir al médico. Un amigo de la familia lo achacó a algo más prosaico, el carnero que Andrew hacía recalentar durante días. El miércoles 3, Lizzie entró en una farmacia de la ciudad y pidió diez centavos de ácido prúsico, el veneno de las almendras amargas, para limpiar, dijo, una capa de piel de foca. El dependiente se negó a vendérselo sin receta. Esa misma tarde llegó de visita el tío materno de las hermanas, John V. Morse, que se quedó a dormir en el cuarto de invitados.

La fatídica mañana del 4 de agosto de 1892

Hacía calor. Andrew se fue al trabajo, Morse salió a ver a unos parientes y Emma llevaba unos días fuera, en casa de unas amigas de Fairhaven. Entre las nueve y media y las diez y media, Abby, la madrastra, subió a hacer la cama del cuarto de invitados, y allí la mataron. La encontraron boca abajo, entre la cama y la cómoda.

Hacia las once menos cuarto volvió Andrew. Bridget, la criada, forcejeaba con los tres cerrojos de la puerta principal cuando, según declaró en el juicio, soltó una exclamación de fastidio y oyó reír a la señorita Lizzie en lo alto de la escalera. Abby ya estaba muerta. Según los médicos, que se guiaron por la coagulación de la sangre y la digestión, había muerto entre una hora y hora y media antes que su marido, y la acusación sostuvo que desde lo alto de aquella escalera se veía su cuerpo, tendido junto a la cama del cuarto de invitados. Andrew se tumbó a echar la siesta en el sofá del cuarto de estar. Poco después de las once, Bridget, que descansaba en su cuarto del ático, oyó gritar a Lizzie:

¡Maggie, baja! Baja deprisa, ¡padre ha muerto! Alguien ha entrado y lo ha matado.

— Lizzie Borden, según la declaración de Bridget Sullivan en el juicio (7 de junio de 1893)

Si sois sensibles, saltaos la fotografía que sigue. Es el cadáver de Andrew Borden tal como lo encontró la policía.

Andrew Borden en el sofá del cuarto de estar, fotografía policial de la escena del crimen (4 de agosto de 1892), atribuida al fotógrafo de estudio James A. Walsh.
Andrew Borden en el sofá del cuarto de estar, fotografía policial de la escena del crimen (4 de agosto de 1892), atribuida al fotógrafo de estudio James A. Walsh.

Todos los golpes de Andrew estaban en el lado izquierdo de la cabeza y de la cara, y uno le había partido el ojo en dos. Lo mataron dormido, o casi. Quien mató a Abby esperó dentro de la casa, con el cadáver en el piso de arriba, a que Andrew volviera.

La investigación: un vestido quemado y dos cabezas cortadas

En el sótano, la policía encontró una cabeza de hacha sin mango, con una rotura reciente y cubierta de ceniza. La acusación sostuvo que era el arma y que el mango, manchado, se había quemado. Sin embargo, el químico Edward S. Wood, de la Universidad de Harvard, no encontró sangre en ella ni en ninguna otra hacha de la casa, ni rastro de veneno en los estómagos de los Borden. De hecho, nunca se pudo hallar el arma del crimen.

El sábado 6 se celebró el funeral, pero los ataúdes no se enterraron. Se quedaron en el depósito del cementerio de Oak Grove.

Al día siguiente, Alice Russell, una amiga que dormía en la casa para acompañar a las hermanas, entró en la cocina y vio a Lizzie junto a la estufa con una falda en la mano. Emma le preguntó qué iba a hacer. «Voy a quemar este trapo viejo; está lleno de pintura», contestó. Russell volvió poco después, la vio rasgar un trozo de tela y le dijo: «Yo no dejaría que nadie me viera hacer eso, Lizzie». No había ningún policía en la casa. La defensa nunca negó que el vestido ardiera; solo que estuviera manchado de otra cosa que pintura.

El 11 de agosto, en aquel depósito, el médico forense William A. Dolan hizo la autopsia completa. Les cortó la cabeza a los dos, les quitó la carne y guardó los cráneos como prueba para el proceso. No avisó a las hijas. Cuando en el juicio la defensa le preguntó si había avisado a la familia, Dolan respondió con un seco «No, señor».

Esa misma noche detuvieron a Lizzie. Venía de declarar tres días seguidos ante el juez, a puerta cerrada y sin abogado, y se había contradicho una y otra vez. Esperó el juicio diez meses en la cárcel de Taunton.

El juicio de New Bedford: el desmayo y los cráneos

El juicio empezó el 5 de junio de 1893 en New Bedford (al parecer la lentitud de la justicia es universal), ante tres jueces y un jurado de doce hombres. La acusación la llevaba William H. Moody, que acabaría siendo juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos, y la defensa, George D. Robinson, antiguo gobernador de Massachusetts, que en sus tiempos de gobernador había nombrado juez a uno de los tres del tribunal, Justin Dewey. Lo cual, inevitablemente, despertó suspicacias.

Moody abrió el caso hablando de «un anciano y una anciana, marido y mujer, sin un solo enemigo conocido en el mundo», asesinados a plena luz del día en su propia casa. Lizzie lo escuchó durante una hora sin moverse, tapándose la cara con el abanico, y cuando Moody terminó se desplomó en la silla. La reanimaron con sales.

Casi todas las crónicas repiten que se desmayó al ver en la sala los cráneos de su padre y su madrastra, pero los cráneos no se enseñaron hasta una semana después, el 12 y el 13 de junio, y ella no estaba delante. El forense Frank W. Draper sacó el cráneo de Andrew, limpio y hervido, y fue encajando en las heridas la hoja de la cabeza de hacha, delante del jurado. Las dos veces, el tribunal permitió a Lizzie salir de la sala.

El juicio por el asesinato de los Borden: una escena en la sala antes de la absolución, dibujo de Benjamin West Clinedinst tomado del natural en New Bedford, publicado en la portada del semanario «Frank Leslie's Illustrated Weekly» (29 de junio de 1893). Library of Congress.
El juicio por el asesinato de los Borden: una escena en la sala antes de la absolución, dibujo de Benjamin West Clinedinst tomado del natural en New Bedford, publicado en la portada del semanario «Frank Leslie's Illustrated Weekly» (29 de junio de 1893). Library of Congress.

El ilustrador Benjamin West Clinedinst la dibujó del natural, sentada, con Robinson de pie a su lado. Vestida de oscuro hasta el cuello, con un sombrero de plumas y el abanico abierto sobre el regazo, mira al frente sin inmutarse. Es la Lizzie que vio el jurado, una soltera de iglesia que daba clases en la escuela dominical y militaba en una liga de mujeres contra el alcohol. Nadie en aquella sala la imaginaba dando veintinueve hachazos.

Los jueces, además, dejaron fuera dos pruebas que la acusación necesitaba. La primera fue la declaración contradictoria que Lizzie había prestado en agosto. La había hecho sin abogado cuando ya era, de hecho, sospechosa, y usarla contra ella habría vulnerado sus garantías constitucionales. La segunda fue el testimonio del farmacéutico sobre el ácido prúsico. Para el tribunal, el intento de compra quedaba demasiado alejado en el tiempo para tener relación con el crimen, y la acusación no había demostrado que aquel veneno no pudiera tener usos inocentes, como el de limpiar pieles que alegó Lizzie. Y el 20 de junio, las instrucciones finales del juez Dewey al jurado fueron tan favorables a la acusada que el diario «Boston Globe» las describió como un alegato por la inocencia. El jurado tardó algo más de una hora en declararla no culpable, en la primera votación. Lizzie se derrumbó sobre la barandilla y lloró. «Quiero ir a casa. Llévenme a casa esta misma noche», suplicó después.

¿Fue Lizzie Borden culpable?

Oficialmente, el caso sigue sin resolver, y nadie más fue juzgado por los asesinatos. Todas las pruebas contra Lizzie eran indirectas. Nadie la vio cometiendo el crimen, no se encontró sangre en su ropa ni en el arma que propuso la acusación, y el vestido que pudo tenerla ardió en la cocina. Pero estaba en la casa durante los dos crímenes, sin más coartada que un rato en el altillo del granero, donde un policía no encontró ni una huella en el polvo. Además parecía tener un móvil: odiaba a su madrastra, y la herencia de su padre estaba en juego.

Se ha señalado también al tío Morse, a Emma, a Bridget y a un supuesto hijo ilegítimo de Andrew del que no hay rastro, y en el siglo XX se sumaron hipótesis que nadie pudo documentar, como que Andrew abusaba de su hija o que Lizzie y Bridget eran amantes. Ninguna resiste mejor que la acusación original. Absuelta por el jurado, Lizzie fue condenada por sus vecinos, y esa condena le duró toda la vida.

Después del juicio: Maplecroft

Con la herencia de su padre, Lizzie y Emma se compraron ese mismo año una casa de estilo Queen Anne en The Hill, el barrio de las familias ricas de Fall River. Lizzie la bautizó Maplecroft y empezó a firmar como Lizbeth A. Borden. Para Fall River siguió siendo Lizzie. Los niños del barrio llamaban al timbre y salían corriendo, y los coches de caballos que venían de la estación paraban delante mientras un guía pregonaba el crimen. En febrero de 1894, ocho meses después de la absolución, los periódicos estadounidenses ya imprimían la rima del principio de este artículo.

Maplecroft, la casa de Lizzie Borden en French Street, Fall River (2009). Fotografía de dbking (CC BY 2.0).
Maplecroft, la casa de Lizzie Borden en French Street, Fall River (2009).Fotografía de dbking (CC BY 2.0).

En el verano de 1904, en un lugar de veraneo cerca de Boston, Lizzie conoció a la actriz Nance O’Neil, que estaba de gira con su compañía, y se hicieron íntimas. Aquel invierno, después de una función en la Academy of Music de Fall River, Lizzie se llevó a O’Neil a Maplecroft, y allí se presentó después la compañía entera para una cena con espectáculo. De aquella amistad nacen casi todas las especulaciones sobre la sexualidad de Lizzie. En junio de 1905, Emma hizo las maletas después de doce años bajo el mismo techo y no volvió a ver a su hermana. El «San Francisco Call» lo achacó a aquella fiesta; ella nunca explicó el motivo. En 1913, a un periódico de Boston solo le dijo: «Me niego a hablar de lo que ocurrió en la casa de French Street y me hizo marcharme. No me fui hasta que la situación se volvió absolutamente insoportable».

Retrato de Nance O'Neil (1902). Fotografía de Talma & Co., publicada en «Munsey's Magazine» (dominio público).
Retrato de Nance O'Neil (1902).Fotografía de Talma & Co., publicada en «Munsey's Magazine» (dominio público).

Lizzie Borden murió en Maplecroft el 1 de junio de 1927, a los sesenta y seis años, y casi nadie fue a su funeral. Emma murió nueve días después. Las enterraron a las dos en el panteón familiar de Oak Grove, junto a su padre y a Abby, y en la lápida de Lizzie pone «Lizbeth».

En el testamento dejó unos treinta mil dólares a la protectora de animales de Fall River, quinientos para el cuidado perpetuo de la tumba de su padre, ni una línea para la de Abby y nada a su hermana, «porque ya recibió su parte de la herencia de nuestro padre».

Bridget Sullivan, la criada, la única otra persona que estuvo en la casa aquella mañana, se marchó de Fall River, se casó en Montana y guardó silencio hasta su muerte, en 1948.

Dormir en el cuarto de Abby: la casa de Lizzie Borden hoy

La casa de Second Street funciona desde 1996 como hotel y museo, el Lizzie Borden Bed & Breakfast Museum. Se puede dormir en el cuarto de invitados donde murió Abby, que según una antigua propietaria era la habitación más solicitada. En 2021 la compró Lance Zaal, dueño de una empresa de rutas de fantasmas, que añadió sesiones nocturnas de caza de espíritus y, en el aparcamiento, lanzamiento de hachas. Como la mansión Winchester, la casa del crimen se ha convertido en un parque temático de lo paranormal. A la revista «Smithsonian», Zaal le dijo: «¿Aquí a quién están asesinando? Nadie está matando a nadie… Queremos que la gente se lo pase bien».

La casa de los Borden convertida en el Lizzie Borden Bed & Breakfast Museum (2008). Fotografía de DkEgy, dominio público.
La casa de los Borden convertida en el Lizzie Borden Bed & Breakfast Museum (2008).Fotografía de DkEgy, dominio público.

Treinta y cuatro años vivió Lizzie huyendo de aquella casa, y hoy se paga por pasar una noche en ella.

«Monstruo: La historia de Lizzie Borden»: qué es real en la serie de Netflix

La temporada, de los productores Ryan Murphy e Ian Brennan, tiene ocho episodios, con Ella Beatty como Lizzie, Charlie Hunnam como Andrew, Rebecca Hall como Abby y Vicky Krieps como Bridget. Frente a lo que se sabe del caso, esto es lo que cuenta:

La serieLa historia
Da por hecho que Lizzie mató a su padre y a su madrastra.Un jurado la absolvió y el caso sigue oficialmente sin resolver.
Lizzie y Maggie (Bridget) son amantes y planean juntas el crimen.No hay ninguna prueba de esa relación, y Bridget declaró como testigo de la acusación. La única amistad íntima documentada de Lizzie es la de la actriz Nance O’Neil, doce años después del crimen. La idea ya la había usado la película «Lizzie» (2018).
La asesina en serie Aileen Wuornos (Sarah Paulson) idolatra a Lizzie y pasa una noche en su casa.Imposible. La casa abrió como hotel en 1996, y Wuornos estuvo presa desde 1991 hasta su ejecución en 2002.
Una Lizzie muy joven.Tenía treinta y dos años.
La cena que acaba en vómitos.Tiene base real. La casa entera enfermó los dos días anteriores al crimen.

Antes de Netflix: Lizzie Borden en el cine, la danza y la literatura

  • «The Legend of Lizzie Borden» (1975), telefilme con Elizabeth Montgomery, la de «Embrujada», considerado todavía la versión más fiel a los hechos.
  • «Lizzie Borden Took an Ax» (2014), telefilme con Christina Ricci.
  • «Lizzie» (2018), película con Chloë Sevigny y Kristen Stewart, la primera en hacer del romance con Bridget el móvil del crimen.
  • «Fall River Legend» (1948), ballet de la coreógrafa Agnes de Mille, cuya protagonista, «la Acusada», sí acaba en la horca.
  • «The Fall River Axe Murders», relato de la escritora Angela Carter incluido en su libro «Black Venus» (1985), que se detiene en las horas previas al crimen: el calor, el corsé y una casa de puertas cerradas.

Como curiosidad, el caso Borden toma en 2026 el relevo de Ed Gein, el carnicero de Plainfield, protagonista de la temporada anterior de «Monstruo». Solo que a Gein lo encontraron rodeado de sus obras. A Lizzie Borden no le encontraron nada, y aun así, más de un siglo después, seguimos cantando que fue ella.

Fuentes y para saber más