En el otoño de 1726, Mary Toft, una campesina analfabeta de Godalming, en el condado inglés de Surrey, dio a luz diecisiete conejos, o sus trozos, y algún pedazo de gato. O eso creyó durante semanas media Inglaterra, incluido el anatomista del rey Jorge I, que llegó a diseccionar varias de las criaturas delante de su majestad para demostrar que se habían criado dentro de una mujer. Al final, la acorraló un mozo de baños al que mandaron a escondidas al mercado a comprar el conejo más joven que encontrara. Entre el 27 de septiembre y el 7 de diciembre de 2026 se cumplen trescientos años de aquel escándalo, que hizo reír a todo Londres. Casi nadie recuerda que empezó con una mujer pobre que acababa de perder un embarazo.
Un aborto en Godalming
Mary Denyer fue bautizada el 21 de febrero de 1703. A los diecisiete años se casó con Joshua Toft, un oficial pañero de dieciocho, y en 1726 ya había enterrado a una hija de pocos meses y criaba a un niño pequeño. No sabía leer ni escribir. Y era tan pobre que, según contaría ella misma, no podía permitirse comer conejo.
El 23 de abril de 1726, mientras escardaba un campo, vio saltar un conejo y salió corriendo tras él con otra mujer, sin cogerlo. Luego vio un segundo. Estaba embarazada de unas cinco semanas. Esa noche soñó con dos conejos en su regazo, y desde entonces, según su relato, le entró un antojo de conejo que no se le quitaba y que nunca pudo satisfacer.
A mediados de agosto, diecisiete semanas después, empezó a sangrar y expulsó un gran trozo de carne. Tres semanas más tarde, otro. Era un aborto largo y penoso, y el cuerpo de Mary seguía comportándose como el de una embarazada. A principios de septiembre, trabajando en un campo de lúpulo, le manaba leche de los pechos. El 27 de septiembre, de noche, llamó a su suegra, Ann Toft, que ejercía de comadrona en el pueblo, y expulsó algo que tomaron por los bofes y las tripas de un cerdo. Joshua llevó los restos a John Howard, cirujano y comadrón de la vecina ciudad de Guildford, con treinta años de oficio.
A principios de octubre, la noticia ya estaba en los periódicos de Londres.
«Saltó el duodécimo conejo»
Howard se hizo cargo de la paciente. Del 4 al 6 de noviembre salió un conejo cada día, nueve hasta entonces, según él. El 9 de noviembre, ya con Mary instalada en Guildford para atenderla mejor, escribió a un tal Davenant, en Londres, una carta que St André copiaría después palabra por palabra:
Desde que le escribí, he asistido a la pobre mujer en el parto de tres conejos más, los tres a medio crecer, uno de ellos pardo; el último estuvo saltando veintitrés horas en el útero antes de morir. En cuanto se sacó el undécimo, saltó el duodécimo, que ahora mismo está saltando. Si tiene usted alguna persona curiosa que quiera venir a toda prisa, podrá ver saltar otro en su útero y sacárselo él mismo, si gusta.
— John Howard, carta del 9 de noviembre de 1726, recogida por Nathanael St André en su panfleto «A Short Narrative of an Extraordinary Delivery of Rabbets» (1727)
La invitación la aceptó Nathanael St André, un suizo que se había ganado la vida en Londres enseñando baile, esgrima e idiomas, y al que Jorge I había nombrado anatomista de la casa real en 1723, sin título médico, porque le hablaba en alemán. Llegó a Guildford el 15 de noviembre acompañando a Samuel Molyneux, secretario del príncipe de Gales y diputado. Howard los recibió con la noticia de que la mujer estaba pariendo el decimoquinto. St André metió él mismo la mano y sacó lo que describió así:
La asistí en el parto del tronco entero, despellejado, de un conejo de unos cuatro meses, que contenía el corazón y los pulmones con el diafragma intacto.
— Nathanael St André, «A Short Narrative of an Extraordinary Delivery of Rabbets» (1727)
Después llegaron la piel, hecha una bola, y la cabeza. St André palpó a Mary y encontró unos bultos en el lado derecho del vientre, y como Howard y más de diez vecinos le juraban que los conejos se movían dentro de ella durante horas antes de salir, dedujo que se criaban en las trompas de Falopio y solo bajaban al útero cuando las convulsiones de la madre los empujaban.
Solo entonces intervino el rey. Su primer enviado, el 20 de noviembre, fue Cyriacus Ahlers, cirujano de la casa alemana de Jorge I, que extrajo (guiado por Howard) los lomos y las patas traseras del decimosexto. En público se declaró convencido, dio una guinea a la paciente y le prometió una pensión. En privado sospechaba, y se marchó fingiendo una jaqueca. En Londres, al examinar su conejo, comprobó que lo habían cortado con un instrumento afilado, que los pulmones flotaban en el agua, señal de que el animal había respirado (la misma prueba que St André había hecho en Guildford, con el mismo resultado, sin querer verlo), y que en sus excrementos había heno, paja y grano. Ningún conejo había comido paja en un útero.
A St André, en cambio, nada le hizo dudar. El sábado 26 de noviembre diseccionó ante Jorge I el primero, el tercero, el quinto y el noveno de aquellos «conejos preternaturales».

¿Por qué un médico del siglo XVIII podía creérselo?
La historia de Mary encajaba de lleno en una creencia que venía de la Antigüedad, la de la impresión materna, según la cual la imaginación de la embarazada, sobre todo sus deseos frustrados, moldeaba físicamente al feto. Un antojo que no se satisfacía dejaba una mancha en la piel del niño (de ahí que en español a esas manchas se las siga llamando antojos), y un susto podía marcar al feto con la forma de lo que había asustado a la madre. Era el mismo saber que llenaba los tratados de monstruos de la época, como la «Physica Curiosa» del naturalista y jesuita alemán Gaspar Schott. En Londres, el médico John Maubray, autor del tratado de obstetricia «The Female Physician» (1724), defendía incluso la existencia del sooterkin, una criatura que supuestamente parían las holandesas por calentarse con braseros bajo las faldas. Una mujer que ve saltar un conejo, se le antoja, no puede tenerlo y acaba pariendo conejos era justo lo que aquella medicina predecía.
Una vejiga de cerdo y el conejo más joven del mercado
El segundo enviado del rey fue el obstetra Richard Manningham, y con él empezó el final. El 28 de noviembre, en Guildford, ya iban diecisiete. Manningham examinó a Mary y le extrajo de la vagina un trozo de membrana que, al compararlo con una vejiga de cerdo que había en la casa, resultó idéntico. Los dos olían a orina. Mary se echó a llorar. St André, que estaba presente, sostuvo en la posada que aquello era parte de la placenta, y Manningham aceptó callar por el momento a petición suya y de Howard. Ese mismo día, St André, que había visto la vejiga con sus propios ojos, fechó el panfleto en el que juraba que los conejos eran fetos.
El 29 de noviembre, por orden del rey, trasladaron a Mary a Londres, al baño público (un bagnio, mitad casa de baños, mitad hospedaje) de Roger Lacy en Leicester Fields, para vigilarla de cerca. Por allí desfilaron nobles, médicos y curiosos. Bajo vigilancia tuvo dolores, convulsiones y «saltos» en el vientre, pero no volvió a salir de ella ni un trozo de conejo.
Mientras tanto, en Surrey, el terrateniente Thomas Onslow, segundo barón Onslow, que tenía sus tierras en West Clandon, junto a Guildford, tomaba declaración a los vecinos y descubría que Joshua Toft había estado comprando conejos por el pueblo, «quince o diecisiete». El 4 de diciembre, Thomas Howard, el mozo del bagnio (otro Howard), declaró ante el juez de paz sir Thomas Clarges que le habían encargado comprar un conejo. La cuñada que cuidaba de Mary, Margaret Toft, admitió haberlo pedido, pero dijo que era para comérselo.
El mozo del baño, a quien ella mandó al mercado con todo el secreto imaginable a comprar el conejo más joven que encontrara, contribuyó mucho al descubrimiento.
— Semanario «The Weekly Journal, or The British Gazetteer» (10 de diciembre de 1726)
El 6 de diciembre, Clarges la amenazó, y Manningham le anunció que, si no confesaba, probaría en ella «un experimento muy doloroso». Era una amenaza de tortura contra una mujer que llevaba meses sangrando. Al día siguiente, el 7 de diciembre de 1726, ante Manningham, el anatomista James Douglas y dos nobles de la corte, el duque de Montagu y lord Baltimore, Mary Toft confesó.
¿Cómo lo hizo? Las tres confesiones de Mary Toft
Le introducían en la vagina trozos de conejo ya muerto, y los «saltos» que tanto asombraban a los médicos eran, según anotó Manningham, en parte fingidos y en parte reales: le seguían dando convulsiones hasta dormida. Hubo tres confesiones, el 7, el 8 y el 12 de diciembre, la última ya en la cárcel de Bridewell, en Westminster. Las anotó a mano Douglas, y sus borradores, treinta y seis páginas que nunca se publicaron completas, se conservan entre sus papeles, en la colección del anatomista William Hunter de la Universidad de Glasgow. La primera empieza así:
No voy a seguir así más; antes me ahorco.
— Mary Toft, primera confesión (7 de diciembre de 1726), Universidad de Glasgow, MS Hunter D324
Cada confesión culpa a alguien distinto. En la primera, a una desconocida, la mujer de un afilador ambulante, que le habría enseñado a introducirse los trozos de animal y a meter tantos como pare una coneja de una vez («a veces trece») para no levantar sospechas. El primer «monstruo», confiesa, fueron las garras y el cuerpo de un gato con la cabeza de un conejo. En la segunda y en la tercera culpa a su suegra y al propio Howard: «Opina que, si los conejos no se criaron dentro de ella, tuvieron que metérselos su suegra y el señor Howard, porque nadie más se le acercó», anota el escribiente. La primera vez, cuenta Mary, se los introdujeron en el propio útero, con el cuello aún abierto por el aborto.
La historiadora Karen Harvey, de la Universidad de Birmingham, que ha estudiado esos manuscritos a fondo, contó setenta y una menciones al dolor. En la confesión, Mary compara el tormento de los falsos partos con el ruido de rasgar papel de estraza, y dice de una de sus noches en la cárcel que la pasó en un potro de tormento. Y de su suegra: «No quería que me tocara». Harvey concluye que Mary Toft no pudo montar el engaño sola, que difícilmente lo hizo por gusto, y que fue víctima de las mujeres de su entorno, que tenían autoridad sobre su cuerpo, empezando por una suegra que ejercía de comadrona sin licencia. La historia que Mary se empeña en contar, confesión tras confesión, es la de un aborto real. Aparte de la guinea de Ahlers, no sacó nada del asunto, que se sepa.
Hogarth y los Reyes Magos de Godliman
Londres, entretanto, se reía. En diciembre de 1726, días después de la confesión, el pintor y grabador William Hogarth, que años después grabaría el manicomio de Bedlam en «A Rake’s Progress», sacó a la venta el aguafuerte «Cunicularii, or The Wise Men of Godliman in Consultation». El título es un chiste doble. En latín, cuniculus es a la vez conejo y galería subterránea, y cunicularii eran los zapadores que cavaban minas; «The Wise Men», en la Biblia inglesa, son los Reyes Magos. Los Reyes Magos de Godliman, en consulta.

Mary, «la dama del parto», se retuerce en la cama con la cabeza echada hacia atrás, sostenida por la enfermera. Junto a ella, Molyneux, «un filósofo ocultista que indaga en lo profundo de las cosas», agachado con su enorme peluca de rizos, le mete el brazo bajo las faldas, y en la filacteria que le sube por la cortina se lee su comentario: «Se abulta, se hincha, se ensancha, ya viene». Detrás, el doctor del sooterkin levanta las manos, pasmado («¡Un sooterkin!»), y St André, «el maestro de baile o anatomista preternatural», avanza con un plato en las manos anunciando «¡Un gran nacimiento!». En la puerta, a Howard, «el comadrón conejero de Guildford», le traen otro conejo, y la filacteria lo resume: «Es demasiado grande». A la izquierda, tras la cortina, asoma Joshua, «el proveedor de conejos». Por el suelo de tablas corretean unos quince gazapos. Harvey lee la escena como una parodia de la Adoración, con los sabios de la corte llegando en procesión a contemplar un nacimiento milagroso.
No fue la única burla. Circuló una hoja ilustrada en doce viñetas, «The Doctors in Labour; or a New Whim Wham from Guildford» («Los doctores de parto, o un nuevo capricho de Guildford»), que llevaba al pie estos versos:
La pobre Mary Toft se crió en la ignorancia / y nunca mostró cabeza para tramar nada; / no parecía hecha para intrigas. Y sin embargo, ninguna esposa / engañó tan groseramente a los comadrones, / que, despreciando la razón, el sentido común y la naturaleza, / pusieron toda su fe en una criatura tan necia.
— «The Doctors in Labour; or a New Whim Wham from Guildford», hoja satírica anónima (1726)

En diciembre se añadió una «nueva escena del conejo» a la pantomima «The Necromancer», que se representaba en el teatro de Lincoln’s Inn Fields. Un panfleto satírico firmado por «Lemuel Gulliver» aseguraba que los polleros se quejaban de que el consumo de conejo en Londres había bajado dos tercios, y unos revendedores de Cambridgeshire y Suffolk amenazaron en la prensa con demandar a Mary por las pérdidas. Y el filósofo Voltaire, que andaba entonces exiliado en Inglaterra, guardó el caso para su ensayo histórico «Essai sur les mœurs», donde lo puso junto a otras credulidades colectivas, inglesas y francesas:
…la mujer que paría un conejo cada ocho días en Londres […] no fueron más ridículos. Pero cuando los ánimos están encendidos, cuanto más disparatada es una opinión, más crédito tiene.
— Voltaire, «Essai sur les mœurs», capítulo 182
Francia tendría su propia fiebre medio siglo después con el magnetismo animal de Mesmer.
¿Qué fue de Mary Toft?
No hubo juicio. El 17 de diciembre se ordenó procesarla como «vil tramposa e impostora». A Bridewell acudían multitudes a verla, pero no dejaban que se le acercaran: solo entraba la mujer del carcelero, y a Joshua lo registraban cada vez que iba. En abril de 1727, a falta de acusación formal, la dejaron en libertad. Volvió a Godalming. En febrero de 1728 bautizó a una hija, Elizabeth, y el párroco la anotó en el registro como la primera criatura nacida «tras su fingida cría de conejos». En 1740 la detuvieron por quedarse con unas aves robadas. Según el museo de Godalming, el segundo duque de Richmond, que tenía una casa de paso en el pueblo, la enseñaba a sus invitados como una curiosidad.
Treinta y cinco años después del escándalo, en marzo de 1762, Hogarth la volvió a grabar. En «Credulity, Superstition, and Fanaticism» («Credulidad, superstición y fanatismo»), un ataque furibundo contra los predicadores metodistas, aparece abajo a la izquierda, tirada en el suelo de la capilla con la boca abierta, mientras alguien le acerca algo a los labios y le salen conejos de debajo de las faldas.

Mary Toft murió en Godalming en enero de 1763, y la enterraron el día 13. Tenía cincuenta y nueve años y seguía siendo, para todo el que conocía su nombre, la mujer de los conejos.

Es el retrato de ella que ha llegado hasta nosotros, grabado a partir del que, según la tradición, le hizo Laguerre en Bridewell: una mujer joven con cofia, pañuelo y un collar de cuentas, sentada, con un conejo en el regazo que acaricia con la mano izquierda.
¿Y qué fue de los médicos?
St André se retractó en la prensa el 9 de diciembre, y nunca recuperó su reputación. Para más inri, en mayo de 1727, Lacy, el dueño del baño, le puso un pleito por la factura del hospedaje de Mary. En abril de 1728, cuando Molyneux murió tras desplomarse en la Cámara de los Comunes, atendido por St André, el anatomista se fugó esa misma noche con la viuda, lady Elizabeth Capel, y se casó con ella en 1730. Corrió el rumor de que había envenenado al marido, sin prueba alguna. Conservó el título de anatomista real, pero no volvió a cobrar el sueldo, y murió en Southampton en 1776, casi centenario y con poco dinero.
Richard Manningham salió reforzado. Publicó su diario del caso para dejar claro que él lo había desenmascarado, y en 1739 abrió en la enfermería parroquial de St James, en Westminster, la primera sala para parturientas de Gran Bretaña, según el diccionario biográfico británico. James Douglas publicó otro folleto para aclarar que a él no lo habían engañado nunca, y hoy lo conocen los estudiantes de Medicina, porque da nombre al fondo de saco de Douglas, el repliegue del peritoneo entre el útero y el recto que sale en cualquier atlas de anatomía. En cuanto a John Howard, el primero en creérselo, o en fingir que se lo creía, lo acusaron de conspiración junto a Mary, quedó en libertad bajo fianza y el proceso contra él se deshizo solo. Siguió ejerciendo en Guildford.
La historia de Mary Toft suele contarse como la de una tramposa que puso en ridículo a los sabios del rey, y lo fue. Mas los sabios del rey volvieron a sus consultas, a sus pleitos y a sus salas de maternidad, y el apodo se lo quedó para siempre una mujer de veintitrés años que acababa de perder un hijo y a la que, según sus propias confesiones, alguien de su entorno empezó a meterle trozos de conejo en el cuerpo.
Mary Toft en la literatura y el teatro
Tres siglos después, el caso ha pasado de la sátira a la reivindicación:
- «Mary Toft; or, The Rabbit Queen» (2019), novela del escritor estadounidense Dexter Palmer, contada por un aprendiz de John Howard. Sin traducción al español; podéis encontrar la edición en inglés en Amazon.
- «The Imposteress Rabbit Breeder: Mary Toft and Eighteenth-Century England» (2020), ensayo de Karen Harvey, la investigación más completa sobre las confesiones (en inglés, en Amazon).
- «The Woman Who Gave Birth to Rabbits» (2002), libro de relatos de la escritora irlandesa Emma Donoghue, cuyo cuento principal presta la voz a Mary (en inglés, en Amazon).
- «Like Rabbits» (2026), obra de teatro de la dramaturga Imogen Usherwood, estrenada en mayo en el teatro ADC de Cambridge.
Fuentes y para saber más
- Nathanael St André, «A Short Narrative of an Extraordinary Delivery of Rabbets» (1727), texto completo en el Proyecto Gutenberg.
- S. A. Seligman, «Mary Toft, The Rabbit Breeder», revista «Medical History» (1961).
- Karen Harvey, «What Mary Toft Felt: Women’s Voices, Pain, Power and the Body», «History Workshop Journal» (2015).
- Rictor Norton, transcripciones de la prensa londinense de 1726-1727 sobre «The Rabbit Woman».
- Universidad de Glasgow, exposición sobre las confesiones de Mary Toft (2009).
- The Public Domain Review, «Mary Toft and Her Extraordinary Delivery of Rabbits».
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